miércoles, 8 de mayo de 2013

"Las esquinas del verano", por Alejandro López Andrada (Crítica a "Fugitiva ciudad")

Reproduzco a continuación la crítica a Fugitiva ciudad publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el sábado, 9 de febrero de 2012.  Escrita por Alejandro López Andrada.
 
                                                            
LAS ESQUINAS DEL VERANO                           
                                                                                                   Por Alejandro López Andrada
No hay mejor motivo de inspiración para un poeta que el paso del tiempo. Los mejores poemarios, por regla general, aquellos que no pisará nunca el olvido, fueron concebidos  desde la limpia perspectiva que este asunto esencial ofrece al escritor, por eso seguimos acudiendo a Antonio Machado, a Fray Luis de León, o Jorge Manrique, voces clásicas cuyo mensaje no pasará de moda, porque en el corazón febril del tiempo cabe la luz y, a la vez, la oscuridad. Enlazando con esto, el poemario de Manuel Rico, Fugitiva ciudad, es un tratado de horas agridulces alimentadas por una hermosa luz, la que cubre al poeta que mira al pasado sin rencor porque sabe que en el ayer habitan voces segadas por la barbarie y por el miedo, pero, en cambio, también hay lugares recorridos por un halo emotivo de ternura y honradez.  Si hubiéramos de calificar la obra poética y, también, narrativa, y ensayística,  de Manuel Rico, ante todo diríamos que es limpia y singular. Hay en sus poemarios una hondura extraordinaria que penetra en los recovecos del alma humana y en los ambientes urbanos, o suburbanos, donde se ayuntan la rebeldía y la lucha por la búsqueda de una sociedad más justa, una realidad más noble y habitable, alejada del capitalismo vergonzante que sigue descabezando nuestra historia, convirtiendo el mundo en un vertedero atroz. No queremos decir con esto, de ningún modo, que la obra literaria de Manuel Rico, y aún mucho menos su poesía, se mueva  exclusivamente en torno al parámetro  social, sino que bajo su hermosa arquitectura siempre fluye ese aliento rebelde, heterodoxo, que concede a su obra una pátina agradable donde se abrazan la lucha y el amor. Autor de poemarios extraordinarios como, por ejemplo, La densidad de los espejos (Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez 1997) o Donde nunca hubo ángeles (Visor, 2003), y de novelas exactas, memorables, como Trenes en la niebla (Espasa, 2005) Manuel Rico (Madrid, 1952) es uno de los escritores españoles que mejor ha sabido expresar esa cálida e íntima desolación urbana que, en los últimos años de una posguerra agonizante, cubría las ciudades de una pátina plomiza que, no obstante, encerraba un tono tierno y agridulce que aquí en Fugitiva ciudad, Premio Internacional Miguel Hernández, nuevo poemario del autor, es visible en algunas piezas muy logradas, como la titulada El barrio que fue mío, donde destacan  versos como éstos: “Aquí en esta tierra de palabras y dudas/ de tiempos asustados por el límite,/ vuelve lento aquel barrio/ del niño que creíste inamovible y tuyo:/ tiendas de coloniales, fruterías...” (Pág. 64). Y unos versos más adelante, Rico nos muestra cómo el paso del tiempo y el de las máquinas acaban destrozando, deshaciendo ese armónico trozo, humilde y pobre, de una niñez urbana atravesada, en la densa penumbra de la historia, por un corcel de luz, una tierna y galopante claridad que adquiría sentido en la dignidad de la escasez.

Dividido en cinco apartados, o bloques, el poemario es un círculo espléndido de emociones, una rueda gozosa que avanza desde la primera parte, titulada “De los barrios inciertos”, en la que burbujean los murmullos vecinales, las ropas tendidas al sol y el rumor de los tranvías atardeciendo, hasta la última, titulada “Donde agonizan los deseos” (compuesta por un excelente puñado de sonetos), describiendo una órbita, un itinerario sentimental de un profundo calado lírico. Así hallamos poemas de una zozobra existencial que conmueven al mismo tiempo que relajan por el tono humano y cordial que encierran dentro: “...Años de ensoñación y de refugio,/ de nieve tinta en óxido, de cuerdas escondidas/ en portales en sombra donde nunca hubo ángeles, donde sólo/ helados vigilantes aguardaban...” (Pag. 31). A veces, como ocurre en los anteriores versos y en otros muchos de este espléndido poemario, la desolación acaba volviéndose ternura, nostalgia de un tiempo duro, hosco y gris, que, no obstante, reviste de lírica alegría, de brumosa nostalgia, el temblor de la piedad, como ocurre en la pieza dedicada al inolvidable poeta Diego Jesús Jiménez, titulada “Domingo de septiembre”, poema de un tono agridulce, machadiano: “Bajo esos nombres/ respiraba la infancia, el sol dudoso, los broches/ familiares y la más fértil tierra,/ ese lugar del mundo donde siempre estaremos.” (Pág. 36).

Junto a este homenaje, hay otros en el libro también muy significativos dedicados al escritor Vázquez Montalbán y al poeta Juan Gelman, aunque menos emotivos que el homenajea a Diego Jesús. Por otro lado, también aparecen versos de aire más combativo que, sin pretender ajustar cuentas con la historia, sí nos dejan la luz de un rasguño tembloroso en las telas del alma, un pellizco emocionado, libre ya de penumbras, en mitad del corazón: “...en el aire se respira el temblor/ de quienes vivieron poco y sufrieron lo indecible/ junto a los muros de la desvergüenza” (Pág. 33), versos extraídos del poema titulado “Campos de trabajo. Las huellas” (Sierra Norte de Madrid). Finalmente, el lector, aunque parezca paradójico, siente un suave calor mientras deambula entre los versos de este libro que evoca el frío de la posguerra, pero que, sin embargo, gracias a la magia de su autor, nos sitúa junto a las esquinas de un verano infinito y azul, ubicado en los barrios periféricos de una ciudad fugitiva que es de todos, pues evoca la infancia feliz de los humildes, aquellos que vimos el temblor de la posguerra sentarse en las grietas de nuestra incertidumbre, entre los desconchones de nuestro corazón.
Fugitiva ciudad / Manuel Rico. Edita: Hiperión. Madrid, 2012.

Publicada en Cuadernos del Sur DIARIO CÓRDOBA  Sábado, 9 de febrero del 2013

"En tiempos de zozobra" / Crítica de José Luis Piquero a "Fugitiva ciudad"


Reproduzco a continuación la crítica a Fugitiva ciudad aparecida en El Cuaderno (número 45, mayo de 2013), de José Luis Piquero

Una poesía en la ciudad del hoy y la memoria, del yo y el nosotros

Manuel Rico
Fugitiva ciudad
Madrid. Hiperión, 2012, 96 pp.                                                                                                                         

Manuel Beltrán › Paisaje, 2013 Dasto (Oviedo)
La ciudad del título de este nuevo poemario de Manuel Rico (Madrid,1952) no es una sino varias (Barcelona, Madrid, Roma, Viena, Varsovia...), o quizá una ciudad múltiple e imaginaria, creada mediante la superposición de todas ellas. Es también, quizá por eso, la ciudad de la memoria —una ciudad a un tiempo real y simbólica—, en donde transcurren  los noviazgos de juventud, las primeras impresiones, la preparación para la orfandad. Y es, finalmente, la ciudad actual del amor consolidado, del compromiso cívico, de las lecturas, de las hipotecas, de la definitiva partida de los amigos.
En este escenario urbano, que abarca los barrios, los polígonos industriales, los trenes y los hipermercados, se proyecta una experiencia que es tanto personal como colectiva, a la vez pretérita y presente: las manifestaciones contra la guerra de Irak traen el recuerdo de Vietnam; los McDonald’s son la prolongación de los «bares del miedo» de antaño, que olían a humo y a coñac Veterano; los seres perdidos que hoy viajan en autobús antes lo hacían en tranvía; los novios se olvidan la bufanda en el cine, y no se sabe si fue entonces o es ahora.

Esa experiencia también es la de la literatura y el arte. Recorren estas páginas los nombres de Eliot, Munch, Pavese, Machado, Rimbaud, Sharon Olds..., sin que el resultado  sea un alarde culturalista; antes bien, la natural apropiación de una herencia de cultura que se funde  más adelante con el legado amical en varios homenajes a escritores cercanos (Vázquez Montalbán, Dulce Chacón, Diego Jesús Jiménez, Juan Gelman) y que desemboca en la nostalgia de hitos no vividos personalmente (los encuentros de Formentor, en 1959) pero asimilados también como propios en virtud de los derechos del lector, del hombre de literatura.


Este aire de gran puzle de la memoria sentimental, geográfica, social y libresca constituye el gran encanto y la fuerza esencial del libro, que yuxtapone épocas, usos y  personajes y encuentra que la zozobra y las inquietudes y la plenitud son siempre las mismas para todos los seres humanos. Sabedor de ello, «el muchacho ya viejo que amó las periferias / urbanas y mortales, intentando atrapar / la sombra de un poema» tiene para todos una mirada tolerante, una palabra compasiva, sin que en ningún momento los poemas abandonen su fondo intimista y casi confidencial. No son estos poemas sociales: son poemas humanistas. Un aire de gran puzle de la memoria sentimental, geográfica, social y libresca constituye el gran encanto y la fuerza esencial del libro, que yuxtapone épocas, usos y personajes y encuentra que la zozobra y las inquietudes y la plenitud son siempre las mismas para todos los seres humanos En la suma del autorretrato confesional, la crónica colectiva y el ejercicio  memorialístico, lo reflexivo se impone en Fugitiva ciudad a lo elegíaco, pues el pasado es un punto de partida y no solo la patria dela melancolía y la nostalgia («Decir que hemos amado en el origen [...] es decir que amaremos en el tránsito / del siglo XXI»). José Manuel Caballero Bonald ha resaltado en la obra de Rico su «manifiesta proximidad con la historia vivida o que estamos viviendo». Hablamos, por tanto, del presente inmediato, y los poemas de Fugitiva ciudad se esfuerzan en esclarecerlo mirando lúcidamente hacia atrás para seguir mirando hacia adelante. Una poesía  atenta a las vibraciones interiores y sensible al ruido del mundo, y que consigue ser emocionante sin incurrir en énfasis innecesarios.
José Luis Piquero
Publicado en EL CUADERNO. Número 45. Mayo 2013. Oviedo.

sábado, 6 de abril de 2013

"Palabras no pixeladas", por Marta Sanz (Crítica a "Fugitiva ciudad")

A continuación reproduzco la crítica a Fugitiva ciudad, publicada por la poeta, narradora y crítica Marta Sanz en la Revista Clarín, número 103 correspondiente a enero-febrero de 2013.


En la época del hambre y los i-phones, de una generación maravillosa y golpeada, Manuel Rico persiste en la memoria y en la propia persistencia. En un proyecto poético que es igual que siempre y completamente distinto. Persistencia y perseverancia son formas de la repetición, y la repetición es metáfora de una muerte que se hace tangible en el aire elegíaco de los versos sobre la madre, Diego Jesús Jiménez, Vázquez Montalbán, los desaparecidos de Gelman. Hay, en este poemario, un tono que no renuncia al futuro pero que nos avisa de que, más allá de la perpetuación en hijos, libros y árboles, nos acercamos a una edad en que nos vamos quedando solos. Tal vez es que la literatura es casi siempre triste. Que la ilusión mejor construida es la que desilusiona. Que la locura o la ignorancia, como decía Erasmo, es el único estado compatible con una felicidad compuesta de pequeñísimos fragmentos que siempre se disfrutan retrospectivamente. Repetición y reincidencia son erosiones, modos de gastarse en el reflejo del reflejo. Sin embargo, algunas metáforas significan una cosa y su antónimo, y la repetición –el silencio también- adquiere sentido cuando la realidad, sobre la que se proyecta y donde se construye, no ha cambiado pese al simulacro de metamorfosis que resulta del paso del tiempo. El fantasma aparece porque aún necesita vengarse. Rico resiste en su universo metafórico –descampado, orfandad, memoria- constatando la pertinencia de discursos que aún no han sido oídos.

En Fugitiva ciudad, ese discurso se dibuja con música: en sus excelentes sonetos se concibe la poesía como palabra manchada que es a la vez una luz que nunca ofende. Cuando escribimos un soneto siempre se nos cubre de polvo enamorado, quizá por esa razón estos poemas son viaje en el tiempo y superposición de espacios en la transparencia: las ciudades habitan dentro ciudades a las que se accede por el ojo de una aguja o a través del terraplén de la madriguera de Alicia. La lírica y la ciencia-ficción se combinan con vocación moral. Los lugares y tiempos de Fugitiva ciudad nunca volverán a ser los mismos y, sin embargo, se repiten: los versos expresan lo intangible de esas repeticiones, nuestra dificultad para aprender de la Historia, el movimiento indetectable y la permanencia como señal de ceniza y escritura. Cómo nos impregna la memoria de lo que no hemos vivido, y cómo la no-experiencia pasa a formar parte de nosotros. La palabra de Rico también absorbe una concepción erótica del vivir: el amor es metonimia porque precisa de imágenes que solidifiquen el estado gaseoso y los espíritus que saliendo de una pupila se incrustan en otra. La poesía se hace imprescindible para no olvidar el amor, para dotar al amor de un cuerpo que nos permita verlo y tocarlo más allá de los dolores del platonismo, la represión o la higiene. El amor es pelo, voz, bufanda. Y cada metonimia un fetiche. Escribe Rico “Veo la voz en la bufanda…”, entonces, el amor es sinestesia, teoría del conocimiento.

Rincón de la ciudad de Madrid. Barrio de Carabanchel
Al margen de la idea de que los textos viven dentro de los textos como “las ciudades viven dentro de las ciudades”, de modo que la poesía es una gran conurbación, la colonización permanente de un territorio lábil, en Fugitiva ciudad Rico muestra que la poesía civil no es acta notarial o lista de la compra. En hipermercados, ceniceros y pantalones de pana, Rico encuentra el reverso lírico de lo pequeño: una poesía meditativa que le debe más a la actualidad que a lo metafísico, al Euribor que a Dios. Rico cuestiona la bruma, como puntal del metarrelato posmoderno, despojándola de sus connotaciones melancólicas: la bruma encarna la ceguera y la militancia elegiaca, las reflexiones frente a la tumba de Gramsci, revierten en vindicación de todo lo que sigue siendo urgente. Este proyecto intensifica la condición analógica de un poeta que habita el campo semántico del pensamiento crítico: globalidad, conciencia del mundo, abstracciones e irrenunciables utopías. Manuel Rico, valientemente, persiste. Sus palabras no están pixeladas: son nítidas y, en su lucidez, dañan y estimulan en la misma proporción.  MARTA SANZ

Publicada en Clarín.  Enero-febrero de 2013. Número 103. Oviedo, 2013 

sábado, 9 de marzo de 2013

"Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio.". Antología de Luis Bagué Quílez

Mi crítica a Quien lo probó lo sabe: 36 poets para el tercer milenio, publicada hoy en el suplemento cultural Babelia, del diario El  País. Un acercamiento al relato que Luis Bagué Quílez lleva a cabo del cuarto de siglo último de la poesía española.
 
Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio.
Estudio y selección: Luis Bagué Quílez
Materiales didácticos: Susana Rodríguez Rosique
Institución Fernando el Católico. Zaragoza, 2012.
 
 
No son pocas las antologías que vienen abordando la poesía española con la perspectiva que otorga el comienzo de la segunda década del siglo XXI. Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio, es una de ellas. Muestra una realidad plural y la integran treinta y seis poetas nacidos entre 1962 y 1985 que, vistos en su conjunto, reflejan las contradicciones e incertidumbres de una sociedad cambiante que ha evolucionado desde el optimismo/euforia de los años ochenta y noventa, etapa en la que aparecen los primeros libros de los senior de la antología, hasta la depresión colectiva que se apunta al final de la primera década del milenio. Un”arco biológico” de 23 años que, a la luz de la concepción orteguiana, no configura una generación, sino dos (o una y media, tal y como señala Bagué), pero sí ofrece una fotografía panorámica lo suficientemente completa de una fase de gran vitalidad creativa. Para Bagué el término “generación del 2000” encubre el encabalgamiento real de dos tramos generacionales: la de los más jóvenes de los ochenta, y la de los poetas de los noventa, nacidos en los años sesenta y setenta. A ellos cabe añadir los nacidos en los ochenta. Es, ciertamente, una etapa compleja que se resiste a acotamientos y a formulaciones cerradas, pero que desde el punto de vista académico (y pedagógico) soporta razonablemente la propuesta de Bagué. Pero más allá del calendario, el factor esencial que marca el cambio no es sólo biológico: a lo largo de los años noventa se produce una renovación, desde su propia matriz, de la llamada poesía de la experiencia (“ruptura interna en el devenir experiencial”, la denomina Bagué), un cambio que se acompaña de la consolidación de una diversidad imprevisible sólo una década antes. En Quien lo probó lo sabe queda bien dibujado ese proceso, un proceso que se verá reforzado a lo largo de las dos primeras décadas del nuevo siglo y que sustituirá un modelo de hegemonía de una tendencia por otro de convivencia de estéticas y corrientes, que revalorizará el lenguaje y su capacidad de “revelación”. 
  
El poeta y crítico Luis Bagué
Así, los poetas seleccionados se mueven en opciones que van de los “realismos posmodernos” que dan, de algún modo, continuidad al realismo heredado de los ochenta, donde Bagué incluye desde el radicalismo existencial de poetas como Roger Wolfe, Manuel Vilas o Pablo García Casado (“realismo manchado”) hasta el realismo crítico, que se mueve entre el marxismo y la insumisión civil, de Jorge Riechmann, Enrique Falcón, Méndez Rubio y las plataformas Alicia bajo cero, de Valencia, o Voces del Extremo, en Moguer (Huelva), pasando por los realismos más volcados hacia la intimidad (“epicúreo”) y la meditación o hacia la disección dolorida y descreída de la realidad (también desde el desconcierto) por poetas como Julieta Valero y, en otro plano, Miriam Reyes, Elena Medel o Erika Martínez.  El segundo gran apartado se nutre del simbolismo en sus diversas vertientes: el nexo común es una combinación de realidad y misterio (Luis, Muñoz, González Iglesias…). Sin abandonar del todo el realismo, los poetas indagan en los bordes (Velasco, Vicente Valero, Ada Salas), en esa zona en la que lo inexplicable encuentra sentido y en la que los factores íntimos ganan espacio frente a los que proceden del entorno, de la simbología colectiva. Van de un surrealismo suave, pasando por la poesía reflexiva, por la recuperación de lo órfico, hasta la metabolización de la nueva realidad de Internet y de las redes sociales, con poetas como Antonio Lucas, José Luis Rey, Juan Carlos Abril o Ana Gorría, entre otros. Una nueva visión (y versión) del uso en el poema de la ironía compondría el tercer gran bloque en la catalogación de Bagué: nuevos poetas que utilizan la experiencia heredada para ensayar lo que el antólogo, con Gerard Genette, llama “ironía en segundo grado”: poetas urbanos, poetas objetuales, poetas de la reflexión metapoética no siempre desvinculada del pronunciamiento civil, de la mirada hacia lo colectivo (Grajera, Mercedes Cebrián, Peyrou). Una panorámica muy ajustada a la realidad sobre la que cabe hacerse un par de preguntas: ¿Por qué 36 poetas y no 45, por ejemplo? ¿Por qué esos poetas y no otros con un peso incuestionable como Jordi Doce, Marta Agudo, Jesús Aguado, David González, Isabel Pérez Montalbán o Eduardo García, por ejemplo?. Preguntas sin respuesta o con una respuesta siempre abierta: los gustos del antólogo y las limitaciones editoriales. Será, como casi siempre, el futuro quien juzgue. Aunque no siempre imparta justicia.

Publicado en Babelia. Diario El País. Sábado, 9 de marzo de 2013.

domingo, 3 de marzo de 2013

Celebración del lenguaje poético / Moshen Emadi y su último libro

La crítica, aparecida en Babelia el sábado, 1 de marzo, al libro de Moshen Emadi, escrito en uso de la Beca Antonio Machado, concedida por la Fundación que lleva el nombre del poeta y por diversas instituciones.

Mohsen Emadi
Visible como el aire, legible como la muerte
Traducción de Miguel Baigorri, Manuel Llinás y el autor
Olifante. Zaragoza, 2012
125 págs. 

En 2003, Clara Janés editó, en una edición bilingüe en farsí y castellano La flor de los renglones, el primer libro que el lector español conoció del iraní Mohsen Emadi (Sári, 1976). Poeta, traductor y activista por la democracia en su país, a Emadi le fue concedida en 2011 la Beca Internacional Antonio Machado. Fruto del trabajo realizado gracias a esa beca es el libro Visible como el aire, legible como la muerte. Se trata de un texto ambicioso y poliédrico en el que aborda la realidad de su país de manera sutil y afilada, adentrándose en las incertidumbres, también en las certezas, que acucian a quien vive el exilio y las secuelas del totalitarismo: «En el idioma de los vencedores escribimos elegías para aquellos vencidos que aún no han sido enterrados». No es, sin embargo, poesía-alegato, sino una celebración del lenguaje y de su capacidad reveladora en la que sus traductores se han empleado a fondo y con acierto. Ahí está el amor como refugio y consuelo frente a las inclemencias sociopolíticas; o la muerte, tan presente en la conciencia del que huye a la fuerza; o la cotidianidad evocada («Ellas / iban al trabajo, hacían cola para el pan y la leche»), o la soledad como condena y como salvación. Y, a guisa de aliento unificador, el tiempo y la memoria. Son, ciertamente, argumentos de los que se alimenta la poesía de siempre. Sin embargo, Mohsen Emadi los aborda mediante una inteligente mezcla de experimentalismo y tradición y con una alta carga emotiva, algo que se materializa tanto en el poema en prosa como en el verso dislocado, breve e intenso, estremecedor a veces, que, en el límite de la vanguardia, lleva la realidad al borde del misterio, de lo oscuro: «los secretos de cada casa / sólo los saben sus albañiles.».
Los referentes de Emadi están, sin duda en la poesía persa, en Ahmad Shandou; pero también en una cultura poética cosmopolita en la que el propio autor reconoce presencias que van del checo Holan al norteamericano Mark Strand pasando por nuestro Antonio Gamoneda. El libro se cierra con dos textos radicalmente opuestos: una serie de poemas de índole contemplativa e intimista, con los «campos de Castilla» como telón de fondo, y un acercamiento, en prosa, a la historia más reciente del pueblo iraní y del valor de la lengua en su búsqueda de la liberad («esa palabra prohibida, esa palabra ausente».

jueves, 24 de enero de 2013

""Tiempos de memoria", por José Ángel Cilleruelo / Crítica a "Fugitiva ciudad", de Manuel Rico

En Revista NAYAGUA / Enero de 2013 - II Época / Número 18

                                                                                    Por José Ángel Cilleruelo
 
  
Calle de Frankfurt, una de las urbes de Fugitiva ciudad
Una vez más, incluso con algún matiz desconocido, un nuevo libro de Manuel Rico contribuye a deslindar, a contracorriente, los rasgos temáticos que constituyen un universo personal de las marcas de género literario que le acompañan. Esta tradición esencialmente literaria, que sitúa el género en un lugar secundario, prevaleció en el arranque de la modernidad literaria hispánica —Bécquer, Unamuno, Valle Inclán o Lorca—, con un feraz cultivo simultáneo de diversos géneros, pero se ha ido diluyendo en distintas tradiciones —la poética, la narrativa o la dramática— que cada día cavan zanjas de desconocimiento más hondas unas hacia las otras. La obra de Manuel Rico solo puede leerse, en su conjunto, como una heredera privilegiada de aquella tradición literaria en la que el escritor anhelaba crear un mundo y un estilo para conjugarlo en todas las formas literarias existentes. Que hoy tantos escritores aspiren a escribir exclusivamente en clave de novela tal vez sea una más de las muchas pérdidas que la literatura padece.
 
Hay, pues, en Fugitiva ciudad (Hiperión, Madrid, 2012) el mismo paisaje que comparten sus novelas y poemas, a veces con nombre propio —Ciudad Lineal o la Sierra Norte de Madrid—, otras con sus genéricos —las afueras, la periferia—, el retrato de la misma época —los años cincuenta, sesenta, setenta… hasta el presente— e idénticos motivos recurrentes, al mismo tiempo poéticos y narrativos, que alcanzan en Rico ya el valor de símbolos: la tarde de los domingos, el invierno, la madre, la bufanda o los pantalones de pana, el amor torpe y la huelga de tranvías. Uno de los puntales que sostienen este consolidado universo literario —narrativo, poético, pero también reflexivo, si uno observa los autores y temas sobre los que ha preferido hablar como crítico literario— es la memoria, que en su caso entrevera siempre lo colectivo, lo generacional y lo personal. Sin duda es el tema dominante en todas sus obras, pero en cada una de ellas se presenta de una manera peculiar. Si algunos títulos poéticos anteriores habían tratado de ensanchar la memoria generacional, como Donde nunca hubo ángeles (2003), el presente Fugitiva ciudad busca interpretar la memoria como una melodía. Al igual que un compositor escribe su sinfonía con diferentes movimientos donde combina tempo y carácter, se podría decir, de una forma connotativa, que también Rico escribe sobre los mismos motivos, pero en diferentes tempos.
 
El libro empieza como acostumbra —en un poema preludio—, con el halo simbólico de sus libros anteriores (“El viento se deshace / en la orfandad sin tiempo que vive el sustantivo”), e inmediatamente la primera sección —“De los barrios inciertos”— arranca en un tempo andante que reúne los motivos esenciales de su memoria (los domingos, el invierno, la periferia…) ordenados en relación a un contrapunto: la llegada del siglo xxi. Alguna vez como lejano horizonte que ajustaba el presente (“en la era / de todos los octubres, era el veintiuno / un siglo imposible”), las más como un nuevo motivo de un viejo tema de Rico, el paso del tiempo: “sabes que el siglo / tiembla en ellos [los jóvenes]” o “amigos cincuentones en este siglo raro”.
 
La segunda parte, “Días en ti con música de fondo”, con similares motivos se presenta como una pieza casi musical. Un perfecto adagio. Un segundo movimiento, breve, lento, concentrado, donde los motivos se desgranan con una poeticidad que transforma los rasgos narrativos de una época en emoción pura. Así evoca, por ejemplo, el tiempo de las reuniones políticas, literarias, civiles: “La voz bebida, la voz acariciada, la voz / llorada. / El ronco terciopelo / de aquellas noches / que nunca terminaba, o el pronombre nosotros / y la niebla y el frío y los bolsillos / vacíos…”. Una escena que Rico ha escrito en multitud de ocasiones, ahora interpretada en un tempo diferente, casi un adagio.
 
“Más allá de las patrias”, tercera parte, que bien podría lucir la mención de allegro, encierra la variante temática del libro, que se podría enunciar así: la función de la memoria no se agota en su valor retrospectivo de comprensión de la historia —colectiva, generacional o personal—, sino que es una herramienta indispensable  para la comprensión del tiempo presente y futuro, y también del espacio recién conocido, ajeno a la propia memoria. Manuel Rico lo expresa con mayor precisión y menos palabras en dos versos de estremecedora lucidez: “La certeza futura anida / en las verdades de la memoria”. Toda esta sección escenifica el proceso por el cual la memoria se convierte en el alfabeto que deletrea las realidades recién conocidas. Así, por ejemplo, el poema “Praderas imposibles” parte de una visión genérica de una urbe moderna contemplada en papel cuché: “dentro de las ciudades hechas fotografía / en lujosos volúmenes de venta limitada”. Inmediatamente la imagen desconocida apela a la memoria del sujeto, cuyo imaginario no se hace esperar: “Viven allí las costureras residuales…” y a partir de esta estampa de su tiempo se comprende también lo invisible en el tiempo desconocido.
 
La cuarta parte, “Formentor, medio siglo, 1959-2009”, comparte con la tercera la voluntad de ofrecer otra variante temática, aunque ahora con un ritmo más lento, acaso un larghetto. Se cuestiona esta sección la existencia de una memoria asimilada e interiorizada, aunque ajena a la experiencia, incluso por razones cronológicas. Se trata de la memoria cultural, aquella que convierte en vividos momentos para los que se nació tarde. Es esta una reflexión poética que está, por cierto, en el epicentro de su generación. El libro se cierra con el tempo agitado, un presto, de los encabalgamientos y las rimas de una pequeña colección de sonetos clásicos, donde Rico conjuga sus motivos habituales en una forma inédita en su obra, ahormada siempre en el verso libre y blanco.

Fugitiva ciudad / Manuel Rico / Madrid, Hiperión, 2012

En revista NAYAGUA / Enero de 2013 / Número 18 Especial

domingo, 21 de octubre de 2012

Nuevos destellos de un tiempo perdido: Antonio Ferres y su último poemario


Mi crítica al nuevo poemario de Antonio Ferres Los días iluminados. Una hermosa edición de la editorial Gadir que recupera, para los lectores de las últimas generaciones, una voz imprescindible de nuestra literatura de la segunda mitad del siglo XX. La crítica apareció el sábado, 20 de octubre, en Babelia/El País.
 
Antonio Ferres
La urraca y los días iluminados
Gadir. Madrid, 2012
98 págs.   
Antonio Ferres (Madrid, 1924) ha trazado, de manera sigilosa y en paralelo a su obra narrativa, una trayectoria poética singular, arraigada en las preocupaciones éticas y estéticas de su generación, la del medio siglo, y sustentada en el binomio memoria-experiencia. Ha sido, además, un poeta tardío que en poco más de una década ha enriquecido su bibliografía con cuatro poemarios: trece años separan el primero, La deslumbrada memoria (1998),  publicado en México, del breve, intenso y emotivo La urraca y los días iluminados que ahora llega a librerías.   
La poesía de Ferres tiene algo de filtro de las grandes obsesiones que han marcado su narrativa, desde la ya remota La piqueta (1959), reeditada hace poco más de un año, hasta el reciente El otro universo (2010). Niño de la guerra, residente en América entre 1964 y 1976, su poesía es un delicado espacio en el que se mezclan y, a la vez, dialogan el  mundo luminoso, entre lo imaginario y lo recordado, de antes de la guerra, y la desolación que sucedió a su final. Pero no es poesía social. Es una poesía en la que la mirada sobre lo colectivo (la guerra y la postguerra)  se proyecta desde la subjetividad, desde la experiencia más íntima de lo vivido y evocado. En La urraca y los días iluminados, Ferres se  recrea en la búsqueda de la felicidad perdida, en la evocación de instantáneas en las que, a partir de hechos trágicos, el sueño y la realidad se funden de un modo inquietante, inventan finales imposibles. Así, en  “El fusilado”: “He llegado a la tapia / donde he muerto joven // He llegado pensando / otra vida que existe en otra parte / en otra ciudad contigo / como en el portal fresco y callado / de tu casa”.  
La serenidad y  la reflexión ante la muerte se producen sobre  la ciudad evocada en sus zonas descosidas, donde, en los años de adolescencia y juventud, se mezclaba el descampado y las construcciones precarias, se refugiaba el amor y encontraban el paraíso los juegos más inocentes, el desconcierto ante una guerra incomprensible, y el amor y el erotismo desafiando lo establecido. Frente al recuento de infelicidades que  fuera “La desolada llanura”, título de uno de sus poemarios, este libro nos acerca al gozo pasajero (y evocado) convertido en poema y al recuerdo de un territorio en el que la utopía no había perdido la batalla a manos de la realidad: “Íbamos contentos / de suplantar  la marcha de la historia / la luz desvanecida / del día en que nacimos”.
La urraca y los días iluminados tiene, también, algo de homenaje a los olvidados de la generación del cincuenta: aquellos escritores que, por razones de diversa índole, no siempre literarias, quedaron en un segundo plano. No es casual que el poema que da título al libro esté dedicado “A Alfonso Grosso y a todos los escritores y escritoras muertos”.  Una huella que asoma, con un lirismo directo e inteligente, en les escenarios descritos en cada poema (“estábamos alegres  / mirando las ventanas del oeste / donde caía el sol / sobre los barrios miserables”) y en el recuerdo que  el paso del tiempo difumina: “la juventud es una extensa guerra / como en la cantada Troya / donde mueren tus compañeros uno a uno”.  Dicen que la poesía es el género cuyos mejores frutos se recogen en la juventud. No es el caso de Antonio Ferres.  Sus poemas, breves y transparentes, de sencilla dicción y gran carga emotiva, hablan de un poeta que conoce bien el terreno que transita. De un magnífico poeta.