jueves, 6 de julio de 2017

El latido de la tierra / Sobre "Sin ir más lejos", de Fermín Herrero

Fermín Herrero es un poeta con una dialatada trayectoria basada en el rigor y en un hondo entrañamiento con el entorno rural en que vivió la infancia.  Sin ir más lejos es su último libro publicado. Con él ha obtenido el último Premio de la Crítica de poesía en lengua castellana.


En los últimos dos años han aparecido en librerías diversos ensayos, lindantes con la narrativa, que proyectan una mirada, entre nostálgica y reivindicativa y crítica, sobre la realidad de los pueblos abandonados o semiabandonados de nuestro país. Ahí están La España vacía, de Sergio del Molino, Los últimos, de Paco Cerdá,  El viento derruido, de Alejandro López Andrada, o el ciclo de libros sobre La Alcarama de Abel Hernández. El mundo rural y su imparable declive y la muerte de un rico legado vital y cultural por ausencia de herederos (viven lejos, en un mundo tecnológico y urbano) que lo cultiven y renueven son la base sobre la que se levanta esa literatura.

​Pocos autores se han acercado a ese universo en ruinas desde la poesía. Entre ellos, Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, 1963), poeta soriano que no ha dejado de asomarse a él desde su primer libro, Echarse al monte (1997) y que con Sin ir más lejos ha obtenido el último Premio de la Crítica de poesía en castellano. Un libro que pasó casi inadvertido, que ha contado con muy pocas reseñas — lo que revela el marasmo y el despiste con que se mueven, a veces, los suplementos culturales— y que, sin embargo, es uno de los más intensos y hondos de cuantos se publicaron el pasado año. De lenguaje desnudo, preciso y radical (de raíz), de sabia comunión con las verdades ancestrales que tuvieron su papel primordial en un universo, ahora perdido, en el que tierra y hombre mantenían vínculos indisolubles y directos (“Vivo en un lugarcillo de hartos pocos / vecinos”).. Sin ir más lejos es un libro universal, válido para cualquier territorio aunque contiene lugares, nombres propios (muy pocos: Moncayo, Urbión, Las landas, también Ohio o Nebraska, o Kolymá) y contiene, sobre todo, celebración de la vida desde la conciencia de la pérdida del espacio donde esta fluye.




“Mi ser es de silencio. En la quietud
del campo, solo, donde siempre,
debajo de las peñas, mantengo
la contemplación largo rato.
Sin más allá: vivir sintiendo
que la vida te pertenece
por completo, pararte a comprender
esa simpleza, mientras te escucha,
largo rato, el silencio. Para volver
a congraciarse con el mundo”

Fermín Herrero canta a las pequeñas cosas del campo (en algunos momentos me ha recordado, lejanamente, la poesía más entrañada de Muñoz Rojas, en otros un Claudio Rodríguez contemplativo y asombrado), a los fenómenos naturales que el viajero ignora, se detiene en las huellas que cada estación del año (“Obedecer / a la tierra, asumir / los ciclos pase / lo que pase, que el tiempo / dirá”) deja en la tierra de cultivo, en el árbol, en un campo solitario y vencido, la soledad de los corrales, las losas de lavar, el río. Paisajes, micropaisajes, naturaleza, muros, pueblos abandonados y silencio grávido, sometido sólo a los ruidos que acompañan los cambios meteorológicos, el fluir del tiempo.

Sin ir más lejos es un canto a lo próximo y todavía vivo y es, también, una apelación a la memoria infantil, a las costumbres desaparecidas, a una vida que quedó enterrada con la propia niñez. Porque al igual que en la sociedad cibernética y ultraurbanizada se pierde la noticia de lo más primigenio, de los pequeños signos de vida que en el campo aún conservan su sentido más hondo, su predominio (Internet,  el mundo tecnificado, la veneración de la imagen tienen efectos desoladores sobre esa realidad), también se pierden costumbres, ritos, oficios y para dar cuenta de esas pérdidas le sirve a Herrero la sutileza afilada y cargada de emoción del poema: la pesca del cangrejo, la matanza que señalaba los inviernos, la caza de pájaros con liga, espiar los nidos son algunos de los acontecimientos que afloran en la memoria y cobran identidad, existencia, en el poema. Esa conciencia, que surge del enfrentamiento del poeta con todo lo que ya no volverá es, también, sorda protesta, crítica, una crítica que contiene, como alimento, el regreso, la devoción por la tierra que alumbró todo aquello y que ha sido abandonada por el hombre: “Se siente, ahora, seca la casa, / apenas sensitiva, con mucho / ayer. Y con penumbra”.

Fermín Herrero obtuvo con este libro un merecido premio de la Crítica. Un galardón imprevisto, contra la lógica que parece vincular ese premio con una significativa presencia previa en los suplementos literarios de los más importantes diarios. Un libro que emociona, que nos invita a mirar lo esencial de la vida y a saborear un lenguaje que, como las tierras cantadas, parece condenado, también, al abandono: “a tenazón”, “solanillo”, “cardelinas”, “primadas”, “reguero”, “adormijaba”… son algunos de los términos que Herrero recupera. Poesía en estado esencial brotando de la tierra.

También en el diario digital  Nueva Tribuna

Sn ir más lejos
Fermín Herrero
60 págs.
Hiperion. Madrid, 2016

sábado, 8 de abril de 2017

La vida en crudo | Sobre "Trabajo sucio", de Eva Vaz


Eva Vaz (Huelva, 1972) mira al mundo como a través de una lente agrietada. Se confiesa, se desnuda sin pudor y hace el poema una suerte de puente para que la geografía más íntima, a veces inconfesable, cruce hacia el dominio colectivo. Un lenguaje crudo y directo, levemente irónico, nos muestra la conciencia madura, un punto pesimista, de la vida. No hay tregua, la poesía calma aunque no cura, aplaca el dolor pero no cauteriza del todo, da cuenta de la felicidad pero también de sus rotos y debilidades (“Pero todavía puede romperse el mundo”). De Eva Vaz tenemos noticia porque ha publicado cinco libros, por su antología Frágil (2010), por su presencia en el foro crítico-poético “Voces del extremo” y por su sintonía con el aliento insumiso de ese colectivo aunque su insumisión parte de lo íntimo cotidiano y no es directamente política, tiene un poso existencialista que apunta a la individualidad y a los límites de lo cotidiano. Todo eso está en Trabajo sucio, su último poemario. Proyectado sobre la sexualidad, gozo y tormento  a la vez, acercándose a la muerte próxima (“Los amigos no mueren, / fallecen, / y sois más fieles que los amigos vivos”), derivando hacia la maternidad y hacia la memoria y atenta a aquellos gestos ajenos que no por irrelevantes, a veces invisibles, carecen de importancia (“La vida en minúsculas, / la que no se ve o se olvida”).

Los objetos cotidianos, la visita al psicólogo o al psiquiatra, la experiencia vivida en el dentista, el destello feliz de un encuentro, de una lectura, de un descubrimiento y la certeza de lo que oculta la vida más allá de esos momentos: sombra y decepción, miedo y fracaso. El origen humilde (“yo también soy hija de obrero y madre ama de casa. / Y también conozco la fauces del paro”) y las servidumbres de lo cotidiano, un escenario no siempre fácil, parecen determinar  el  tono amargo, desangelado y “sucio” aunque irresistiblemente lírico e intenso, de un libro que deja huella.  

Trabajo sucio- Eva Vaz / La Isla de Siltolá. Sevilla, 2016 / 84 pgs. 



Publicada en Babelia. El País. Sábado, 8 de abril de 2017

jueves, 9 de marzo de 2017

La luz insobornable de aquel tiempo | Sobre "Ciudades", de Antonio Jiménez Millán

Si algo han aportado algunos poetas nacidos en la década de los cincuenta del pasado siglo al imaginario lírico de nuestro país es una mirada crítica nacida de la propia experiencia de la dictadura y la búsqueda de un espacio expresivo apoyado en la dialéctica entre lo íntimo y lo colectivo. Poetas que, entre la adolescencia y la primera juventud, vivieron los últimos años del franquismo y que cruzaron la transición debatiéndose entre la pureza de los sueños acumulados y la perversión de éstos por los requerimientos de una sociedad más pragmática y cautelosa de lo que esperaban. Los binomios pasión/decepción o utopía/realidad marcaron su conciencia y se colaron, como una suerte de savia añadida, en una poesía escrita casi a pie de calle, como seña de identidad complementaria a la contestación universitaria o al inconformismo social.


Primeros libros en los años ochenta, apertura de una nueva hegemonía frente al culturalismo dominante hasta finales de la década anterior, vuelta a Machado y a las poéticas del cincuenta, renovada visión de los poetas sociales, revalorización de la experiencia, despojamiento lingüístico, tendencia a lo conversacional,… En Madrid, en Barcelona, en Granada y en otras ciudades surgían núcleos de poetas no novísimos, rehumanizadores, amantes de la palabra y de sus capacidades de revelación y, a la vez, ajenos a lo alardes vanguardistas y críticos con los sectores dominantes en una sociedad dividida en clases.

Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) fue/es uno de ellos. La primera vez que supe de su existencia como poeta fue en la sede de Endymión, no recuerdo si en la calle San Bernardo/Fuentetaja o en el sótano de Cruz Verde, a dos pasos del metro de Noviciado. El poeta que acaba de publicar la antología Ciudades terminaba ddar a la luz su segundo libro en la colección de poesía en la que, a mi vez, yo había publicado cuatro años antes mi primer poemario. En aquellos pasos iniciales de Endymión coincidimos algunos de los que entonces asomábamos al panorama literario: Adolfo García Ortega y Julio Llamazares, Álvaro Salvador, Fanny Rubio, José Carlón, Carlos Álvarez, el entonces ensayista Rogelio Blanco, abismado ya en María Zambrano … El libro de Jiménez Millán llevaba por título Poemas del desempleo y suponía un primer acercamiento a la poesía mezcla de reflexión intimista y preocupación colectiva con el telón de fondo de las secuelas de la crisis económica de los años setenta o del petróleo, todavía presente en los primeros años de nuestra democracia.

Aquellos jóvenes poetas, que miraban con veneración a quienes, según la “teoría de las generaciones” y de acuerdo con un término utilizado por Julián Marías, habían llegado ya a la edad “cesárea” y staban en su plenitud creadora como Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Claudio Rodríguez o José Agustín Goytisolo han cumplido ya los sesenta años (“Ayer cumplí sesenta años. / La muerte ronda inevitablemente / en la pantalla del televisor”. ) y han comprobado la vigencia de los presupuestos éticos y estéticos de los que partían, presupuestos que, en buena medida, alimentan a los poetas de las últimas hornadas. Es, en consecuencia, la hora del balance, de las obras completas, de las antologías referenciales. Jiménez Millán lo hace con Ciudades de la mano de un prologuista coetáneo, Luis García Montero, y lo hace prescindiendo, de manera no explicada, del ya aludido Poemas del desempleo.


Es la poesía de Jiménez Millán un camino extraño, teñido de oscuridad ambiental y sentimental y no carente de pesimismo. En todos sus títulos hay una vertiente que nos habla de ello. La niebla, las ventanas que asoman al bosque, la casa invadida  (“como una balsa a la deriva, / siempre a salvo del frío y las tormentas”), el desorden que inquieta y perturba (“la lógica siniestra del azar, / la ley del miedo”), el urbano claroscuro de la clandestinidad… En Ciudades el poeta hace un recorrido por cinco de sus libros estableciendo como frontera inicial la década de los ochenta: en 1983 publica Restos de niebla y aunque Poemas del desempleo aparece en 1985, el volumen estaba concluido (y premiado) a la altura de 1979-

La poesía de Jiménez Millán tiene una rotunda vocación urbana (Granada es personaje y telón de fondo), un vivo componente cultural, que no culturalista, y un firme anclaje en la experiencia de lo cotidiano y, como sustrato inevitable de esa experiencia, tantea de manera obstinada en la memoria. Esas”materias”, que conviven en la mayoría de sus libros (y de sus poemas) establecen una línea medular que no es otra que la meditación sobre el paso del tiempo, el poema como única vacuna contra su devastación (“¿Y fue por estas calles donde anduvo / el tiempo, el olvido?”), el barrio como lugar fundacional, como geografía íntima a la que volver entre la nostalgia y la decepción. La poesía como tiempo significante —Vázquez Montalbán dixit—  o como machadiana  palabra en el tiempo. En Ciudades hay presencias que definen el tiempo evocado: Javier Egea o Francisco Brines, Joan Margarit, Gil de Biedma Allen Ginsberg, Rafael Alberti, Pavese, el mítico Orson Welles. Y hay, como una impregnación que tamiza el conjunto de su obra pero que abastece de manera casi total su último libro, Clandestinidad (2011), conciencia crítica. Es la necesaria conciencia que marcó a toda una generación concretándose en la memoria de un tiempo en blanco y negro en el que todo estaba por construir: el miedo, el peligro, la felicidad, el erotismo incompleto y urgente, el entusiasmo también. Clandestinidad es la visita a una ciudad en la que todo fue posible (“las noches que no acababan nunca”) pero que hoy vive en el conformismo y en la aceptación decepcionada. Octubre, lluvia, los primeros fríos anunciando el invierno, la habitación y el libro, el hotel y el sexo, la soledad acompañada y la colectividad vivida con el filtro de lo radicalmente íntimo.`

Hopper, los artistas plásticos visibles en la poesía de Jiménez Millán
Jiménez Millán nos deja en Ciudades la esencia de cinco libro que han contribuido a la construcción del imaginario lírico de los últimos treinta años. Desde una opción estética que enlaza con una tradición entre realista y meditativa que si en los años noventa fue polo de un debate literario con las opciones más informalistas, hoy forma parte del paisaje poético y ha traspasado la frontera generacional para formar parte del imaginario de los poetas más jóvenes con toda naturalidad. Es, en el fondo, un forma de perduración, de vivificar una aventura estética cuya vigencia es hoy, tantos años después, una realidad  “Hay días en que vuelve a los tejados / la luz insobornable de aquel tiempo”.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los días finales de Antonio Machado en Collioure: la crónica necesaria

El profesor y ensayista francés publica un hermoso y exhaustivo volumen sobre Antonio Machado en los días que precedieron a su muerte en Collioure. A esa crónica se añade una colección de breves estudios sobre el poeta.


Jacques Issorel es un profesor (catedrático honorario de la Universidad  Perpiñán Via Domitia) y ensayista con una dilatada trayectoria de estudio y análisis de la poesía española, en la que cabe destacar la edición crítica de la poesía completa del autor “lateral” del 27 Fernando Villalón. La publicación del libro Últimos días en Collioure, 1939 y otros estudios breves sobre Antonio Machado confirma esa trayectoria y nos sitúa en la cotidianidad apenas conocida de Antonio Machado en el período comprendido entre la llegada del poeta a Barcelona en 1939 y el 22 de febrero de aquel año, día de su muerte. Junto a ello, el libro recoge interesantes aproximaciones a parte de la obra del poeta sevillano, desde el análisis del último verso que escribió (“Estos días azules y este sol de la infancia”) hasta acercamientos, siempre originales, a poemas especialmente significativos de su trayectoria pasando por la relación de Machado con Alfonso Reyes, por las aportaciones de Josep Maria Corredor a la memoria de los últimos días del sevillano y por la carta que en, julio de 1954, José y Joaquín Machado, hermanos del poeta, dirigieron, desde Santiago de Chile, a Marcel Bataillòn.

Jacques Issorel, autor del libro
El apartado de mayor interés del libro es el capítulo que lo abre y que da título al conjunto. Issorel se adentra, con el apoyo de los textos de Corpus Barga, que acompañó al poeta en su viaje a Collioure, de los testimonios de Juliette Figueres, dueña de la mercería que había frente al hotel en que se alojarían los Machado, y de Jacques Baills, antiguo jefe de la estación suplente de Collioure que, tal y como se nos relata en la introducción, “vio bajar del tren de las cinco y media de la tarde, procedente de Cerbère, aquel 28 de enero de 1939, a Antonio Machado, su madre, Ana Ruiz, su hermano José y Matea, la esposa de este”. Es probable que la inmensa mayoría de los machadianos, o de los simples lectores de poesía que alguna vez se emocionaron con sus versos, que visitan Collioure y pasan unos minutos ante su tumba homenajeando en silencio al autor de Campos de Castilla,  desconozca los detalles de aquellas tres semanas o poco más que uno de nuestros más grandes exiliados vivió en la pequeña ciudad de Collioure aquellos días negros en los que las playas colindantes se iban llenando de refugiados cuyo único destino eran los campos de concentración como estación de paso hacia nadie sabía dónde


El hotel Bugnol Quintana, hoy. Foto del autor
Issorel nos ofrece testimonios directos de quienes fueron acompañantes privilegiados de la vida de Machado durante aquellos días. El orgullo de algunos vecinos al saber que a la ciudad había llegado uno de los más grandes poetas españoles, algo de lo que se sorprenden gratamente los propietarios del hotel en que se alojaría, la plena disposición del comisario de policía de Collioure (lo cuenta Corpus Barga) para poner a disposición de los Machado su propio coche oficial para trasladarlos a un alojamiento seguro y cómodo dentro de los límites de la situación (al final fue el hotel  Bugnol-Quintana), el paso torpe e indeciso de Antonio cuando ha de caminar desde la estación al hotel junto a su madre y su hermano cargado con la maleta porque las obras del pueblo impedían la circulación de vehículos, la gestación de la que fuera, quizá, la última frase de la anciana Ana Ruiz mientras caminaban hacia el hotel, contada por Corpus Barga,: “La madre de los Machado me iba preguntando al oído:  ‘¿Llegaremos pronto a Sevilla?’”, o los paseos del poeta junto al mar con la conciencia de estar viviendo sus últimos días. Una serenidad dolorosa y un pesimismo profundo, unido a la nostalgia por los días de infancia y juventud, la sima emocional provocada por la derrota de la República y la conciencia —porque lo había vivido en Cerbère, donde milagrosamente se había salvado de entrar en una de las sacas destinadas a los campos de concentración— de que decenas de miles de compatriotas no iban a tener su suerte (si a su experiencia podía llamar suerte), presiden los últimos días de Antonio Machado. 

Issorel nos recuerda las que fueron, quizá, últimas lecturas de un Machado desprovisto de todo equipaje (incluso la ropa que utilizó en aquellos días le fue prestada por sus anfitriones): gracias a las periódicas visitas de Jacques Baills al hotel pudo tener en sus manos algunos libros de Baroja o el emblemático Los vagabundos, de Máximo Gorki. Esas lecturas, el sufrimiento por la impotencia de orden anímico para escribir, el repaso de algunos periódicos para constatar los avances de Hitler y la atención a las emisiones radiofónicas llenaron aquellos días. El relato de sus últimas horas junto a su madre, en coma profundo en la cama de al lado en la misma habitación, del entierro, modesto y extremadamente  austero después de que José desestimara la invitación de Jean Cassou en nombre de los intelectuales franceses para enterrar con todos los honores sus cenizas en París (para José Machado aquello estaba fuera de la humildad de las pautas de vida del hermano), cierran el hermoso y emocionante capítulo que abre el libro.

A Últimos días en Collioure, 1939, Jacques Issorel añade, tal y como apuntábamos al principio, una serie de breves ensayos que aportan luz a la vida y a la obra del poeta. Junto a los arriba anunciados, cabe destacar el ahondamiento en la concepción casi humana que Machado tenía del paisaje, de la naturaleza, a través del estudio del poema “Amanecer de otoño”, de su libro Campos de Castilla, o del soneto amoroso, con Leonor al fondo, escrito en 1919 cuyo dos primeros versos dicen “¿Por qué, decisme, hacia los altos llanos / huye mi corazón de esta ribera… “ y en el que se evoca, desde Sevilla, ciudad en que está fechado, su experiencia amorosa en tierras sorianas. Y, para completar esa vertiente analítica de la poesía machadiana, Issorel dedica un capítulo del libro a la pulsión viajera de Antonio Machado con el título “Contemplar, observar, soñar, recordar: el poeta viajero".

Un extenso índice onomástico y una detallada bibliografía completan el volumen. Sin dejar de lado el exhaustivo aparato de notas y de informaciones complementarias sobre las labores que se vienen desarrollando por distintos colectivos en Collioure, de manera especial por la Fundación Antonio Machado con sede en esa ciudad francesa, con motivo de la conmemoración anual, cada 22 de febrero, de la muerte del poeta, completan un libro imprescindible para los amantes de la literatura y, aún más, para quienes, de entre ellos, tienen en el autor sevillano el gran poeta de referencia del siglo XX.

Una muestra de los legados que acoge el buzón de la tumba de Machado


Jacques Issorel / Últimos días en Collioure, 1939 / y otros estudios breves sobre Antonio Machado / Renacimiento. Sevilla, 2016. / 215 páginas.



domingo, 14 de febrero de 2016

En un tiempo perdido: sobre "Café Hafa", de Verónica Aranda


Con prólogo de Álvaro Valverde, Verónica Aranda (Madrid, 1982) nos ofrece en Café Hafa, un viaje poetizado a un Marruecos hecho de ciudades y rincones construidos con fragmentos en los que se mezcla realidad y fantasía, vigilia y ensoñación, experiencia y cultura. Tanger, quizá la ciudad del norte de África que mejor conocemos gracias a la literatura (de Barthes Goytisolo pasando por Ginsberg, Becket o Capote, entre otros), hecha de raras postales llenas de vida, se prolonga en espíritu en otros escenarios, en otras ciudades marroquíes. Son lugares “donde bulle la vida, donde nada acontece” en los que, a la vez, sorprendemos lo que quizá sea su esencia última: apurar el tiempo dejándolo deslizarse sobre los objetos (“un tiempo líquido, humeante”), barnizar los momentos de contemplación, acompañar las evocaciones, recrear lugares (Xauén, Mequinés, Fez….)  Toda una iconografía de época se filtra en los poemas prolongando los imaginarios heredados, reconstruyéndolos y depurándolos. A ese respecto, el poema que da título al libro es un mosaico que casi lo resume. Kerouak, Ángel Vázquez, Choukri, Tennsesse Williams asoman en un texto en el que la poeta afirma: “Veo morir los mitos, mientras pienso / en la literatura”. 

Su verso, directo y sereno, sin roturas que fuercen el lenguaje, respira un vago aliento entre nostálgico y reflexivo, con cierto tono de confesión íntima y de felicidad contenida, algo de lo que a duras penas escapa la descripción de la rutina (quizá filtrada por el desaliento y la resignación) de algunos personajes entregados a duros oficios como los “hombres que se sumerjen / en los pozos de tintes”. o “los desocupados matinales”, o los “carniceros que afeitan cien cabezas de vaca”.  Homenajes a Pavese, al Marco Ferreri de Ladrón de bicicletas, o a Thomas Mann refuerzan la vertiente culturalista del volumen. Un libro maduro que nos invita a vivir la lentitud de los viejos cafés atrapados en un tiempo perdido: “Puede durar un té lo que dura el otoño”.

Versión ligeramente ampliada del texto publicado en el suplemento Babelia, El País. Sábado, 13 de febrero de 2016. 

lunes, 11 de enero de 2016

Entre las grietas y roturas de la realidad: Pedro Luis Casanova

Hay libros con los que el poeta transita una senda poco frecuentada, casi inédita, estableciendo así una cota de originalidad y de ambición (y, hasta cierto punto, de arrojo y valentía) evidente. Es el caso de Fósforo blanco, el tercer libro de Pedro Luis Casanova (Jaén, 1978), un poemario al margen, construido a partir de una rotunda voluntad de indagar en el lenguaje, de buscar en él la imagen imprevista, las roturas y grietas de la realidad, el desasosiego íntimo y la incertidumbre colectiva y el alejamiento de la mirada superficial, puramente descriptiva. 
También hay poetas cuya estela es difícil de seguir, cuyo magisterio es, a la vez, poderoso y hondo en su contenido y limitado en su extensión por tratarse de una obra corta e intensa. Es el caso deDiego Jesús Jiménez, del que acaba de reeditarse su libro La ciudad, el poemario con que, en 1964, ganó el premio Adonais. Hago referencia al poeta madrileño por dos razones: Casanova hizo, hace nueve años  años, una afilada lectura de un poemario poco conocido de ese poeta, Fiesta en la oscuridad, y en Fósforo blanco se revela una sutil sintonía con la poesía  de Jiménez en el modo de acercarse, con la palabra, al mundo: hay destellos de imágenes, gusto por el giro imprevisto y el encabalgamiento y una música que nos lo recuerda.
Fósforo blanco, por tanto, se aleja de los diversos realismos dominantes y tiene su horizonte referencial en poetas para los que la visión que revela y perturba y la quiebra de la lógica de la realidad son dominantes. Pienso en Saint John Perse, en Pound, en Gamoneda y no oculto que su empeño recuerda ciertas zonas de la reflexión teórica de los poetas del grupo Claraboya (aquel intento de fusionar marxismo y lenguaje poético revelador, no convencional), aunque la búsqueda de referencias siempre es una empresa sometida al error. En todo caso, la elección de una cita de Perse para abrir boca en la antesala del libro marca la perspectiva y marca la opción estética de Casanova. Está en el lado no figurativo de nuestra poesía, en el de la frontera entre el misterio y lo visible, en el de la investigación en los bordes en sombra de la vida, incluso de lo cotidiano, y de la Historia: “Abro los ojos, cierro la mirada: / todo lo que ante mí hace florecer su engaño / es también cárcel de mi vida”.
Los tres apartados del libro acotan los espacios de su indagación: el pasado colectivo y sus huellas, casi siempre dramáticas, en “Puedo enseñar la dentadura”; la intimidad más radical, hecha sin embargo de memoria y de un presente contradictorio, con grietas que se abren al entorno civil, a la experiencia vivida por los más humildes (“Contemplad cada noche el valladar / de las frentes, la perpetua calma / descendida, como su crudo alfiler, hasta el sometimiento”), del segundo apartado, “Cuerpo raso”; la poesía, sus razones (frágiles y poderosas a la vez) y las fuentes de las que nace y, en buena medida, se alimenta, como hilo conductor de “Aguas madres”, el apartado final. Es la poética que sustenta Fósforo blanco y que tiene su más extenso alegato en el homenaje a Ezra Pound, penúltimo poema del libro (“¿Para quién escribir ahora / y reinventar la vida?”). Ahí, en el lema “reinventar la vida” está quizá la clave de la escritura de Pedro Luis Casanova: no ilustrarla, no decorarla ni describirla, sino crear nueva vida en el poema, alentar nuevos mundos con la palabra, con los sedimentos de realidad que se conocen y con los restos que se guardan en la memoria o que se adivinan en la penumbra. Un libro raro en los tiempos que corren. Una estética civil e íntima a la vez que avanza en versos largos, de una musicalidad constante y bien trabajada, sin irregularidades, en la que las quiebras del verso no se muestran como interrupciones o desajustes sino con naturalidad, sin que el ritmo interior del poema tropiece o se rompa. 
Uno de los buenos libros de 2015. Un poemario que brilla de modo muy especial en un panorama demasiado uniforme y conformista.
© Manuel Rico. También en el diario digital Nueva Tribuna .

Fósforo blanco.  Pedro Luis Casanova. 76 páginas. La isla de Sistolá. Sevilla, 201

viernes, 20 de noviembre de 2015

"La ciudad", de Diego Jesús Jiménez, medio siglo después

Más de una vez he calificado La ciudad de libro insólito. Insólito es sinónimo de inesperado, sorprendente, raro, casi provocador. En otras palabras: algo insólito es algo que no es previsible. Algo que surge contra el tiempo, contra las corrientes dominantes, lo cual supone un desafío, un acto de insumisión, de rebeldía, la voluntad de abrir un nuevo espacio. 

La ciudad de Priego (Cuenca), con nieve sobre los mimbres
La ciudad es, por ello, un libro inesperado en 1964, año en que obtiene el premio Adonais. Para entender hasta qué punto fue inesperado, sería bueno hacer una pequeña incursión en aquella época, en los años en que Diego Jesús Jiménez lo escribió. Lo hizo en el tiempo que, en lo personal, se corresponde con la edad que va de los 19 a los 22 años. Una edad crucial: en toda actividad humana, esa etapa de la vida se caracteriza por el descubrimiento de las propias potencialidades en los campos más diversos. En el ámbito de la poesía, es, para todo escritor, el tiempo del tanteo, de la búsqueda, del reconocimiento de influencias y de referentes, de maestros, de filias y de fobias. En esos años, Jiménez vive en Madrid, está muy  reciente su experiencia estudiantil en Barcelona y en Cuenca y experimenta, de manera muy viva, la primera nostalgia del lugar de la infancia, la pulsión del regreso que tan bien analiza Ángel Luis Luján en su libro Desde las márgenes de un río.

LA CIUDAD EN EL CONTEXTO LITERARIO DE LA ÉPOCA

Pero el tiempo del poeta Diego Jesús Jiménez es también, e inevitablemente, el tiempo colectivo, un tiempo extremadamente difícil en una España que sólo unos años antes había iniciado la senda del desarrollismo económico sin alterar un ápice el sistema dictatorial. En 1963, sólo un año antes del de la obtención del premio Adonais por el poeta de Priego, ha sido asesinado en Madrid Julián Grimau. Todavía son visibles los rescoldos del “contubernio de Munich” en la precaria vida política del país, España es una inmensa cárcel, acaban de nacer las Comisiones Obreras y la huelga minera de Asturias se salda con una represión feroz.  

Cierto que Diego Jesús Jiménez vive lateralmente esa experiencia. Es un joven poeta con una fuerte vocación, acaba de llegar a la capital  y, algo muy común en la época, se dispone a conquistar el mundo literario madrileño: el universo de relaciones en que se mueve está lejos del de la clandestinidad y la resistencia pero no por ello deja de ser consciente de la España en que vive. Rastros de esa experiencia emocional, desde la doble perspectiva de lo personal y de lo colectivo, quedarán, como luego veremos, en el libro que nos ocupa.

¿Cuál es el ambiente poético del momento? ¿Qué factores hacen que en ese contexto una obra poética como La ciudad adquiera la calidad de insólita? En los primeros años de la década de los sesenta, el clima literario en España está marcado por la hegemonía del realismo. Aunque se ha relajado su dimensión más testimonial y más social (que tiene su máxima expresión en la década precedente), el realismo no deja de tener una presencia dominante. Se trata, ahora, de un realismo que mira a lo colectivo pero desde la subjetividad: se trata de la mirada que inaugurará la denominada Generación del 50, sobre todo Ángel González, Gil de Biedma y Caballero Bonald. Siguen presentes, con una obra viva y continuada, Blas de Otero y Gabriel Celaya, a los que se añade la voz claramente testimonial de Gloria Fuertes. Se consolidan, a su vez, voces como las de Claudio Rodríguez, Francisco Brines y Carlos Barral y el Grupo Claraboya, desde León, dibuja una nueva perspectiva, que no acabaría de cuajar, de la poesía crítica a partir de un enfoque marxista, inspirado en Lukács. De otra parte, los nuevos poetas, de entre los cuales algunos pasarían a formar parte de Nueve novísimos, publican sus primeras entregas.

Con Diego Jesús Jiménez. En Varsovia, en 2001
Para tener una idea lo más fiel posible del contexto poético en que irrumpe el libro de Diego Jesús Jiménez, baste citar los títulos que aparecen entre el año previo a la concesión del Adonais, 1963, y el posterior a la publicación del La ciudad, 1966.  De la Generación del 50, se publican Pliegos del cordel (1963), de José Manuel Caballero Bonald, Marisa Sabia y otros poemas (1963), de Eladio Cabañero, Palabra sobre palabra (1965), de Ángel González, Moralidades (1966), de Gil de Biedma (en México), La memoria y los signos (1966), de José Ángel Valente, Compañera de hoy (1966), de Alfonso Costafreda, Palabras en la oscuridad (1966), de Francisco Brines, y Alianza y condena (1966), de Claudio Rodríguez. De los poetas sociales de la generación precedente, aparecen Que trata de España (1964), de Blas de Otero, La luz a nuestro lado (1964), de Leopoldo de Luis, y Libro de las alucinaciones (1964), de José Hierro.  Al mismo tiempo, se publican los primeros libros de de nuevos poetas que no tardarán en conformar una nueva generación: la de 1968. El mensaje del tetrarca (1963), de Pere Gimferrer, Poemas de la tierra y de la sangre (1963), de Antonio Colinas, Libro de las nuevas herramientas (1964), de José María Álvarez, Jornal (1965), de José Miguel Ullán, y El mar es una tarde con campanas (1965), de Antonio Hernández —este libro fue accésit al Adonais cuando lo gana La ciudad—. Otros nombres, que tendrán un peso evidente en la década de los setenta tras formar parte de Nueve novísimos, todavía no habían publicado su primer libro: Manuel Vázquez Montalbán, Félix de Azúa, Antonio Martínez Sarrión y Leopoldo María Panero.

El libro de Diego Jesús Jiménez no es inmune a ese contexto aunque su singularidad tiene más que ver con la lógica interna de su experiencia vital y estética, con la geografía emocional de su infancia y de su adolescencia, que con la influencia de factores ambientales.

LOS PRECEDENTES

Para acercarnos a su núcleo, a su médula espinal, es preciso tener en cuenta los precedentes en la propia obra de Jiménez. Y los precedentes están en sus entregas iniciáticas: la “trilogía” que conforman los breves poemarios, entre la plaquette y el libro, Grito con carne y lluvia (1961), La valija (1963) y Ámbitos de entonces (1963). Los componen poemas escritos a principios de la década de los sesenta, cuando el poeta es casi adolescente, poemas en los que la rememoración de la infancia como paraíso perdido se ve cruzada por una preocupación ética, solidaria. En ellos constatamos el lógico acarreo de primeras lecturas: Antonio Machado, Miguel Hernández, nuestros clásicos del barroco, el primer Juan Ramón, pero también los poetas que forman parte de lo que no dudaría en calificar, en el marco de la generación del medio siglo, como “escuela de Castilla” —frente a la denominada “Escuela de Barcelona—: Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero y Carlos Sahagún, poetas en los que la síntesis entre preocupación estética y compromiso cívico es consustancial a su poesía. En los tres libros respiran las vivencias rurales de Jiménez, la infancia en Priego, el microcosmos del paisaje conquense, la experiencia de la vida familiar, el contraste entre ese mundo cercano y pequeño y las ciudades en que estudiará. Es una poesía de formación, de tanteo, pero con potentes iluminaciones hacia el irracionalismo (sobre todo en Grito…), y  es también la antesala de La ciudad. En todo caso, sí advertimos la presencia de algunos aspectos, temáticos y formales, que formarán parte de su escritura en los libros posteriores. la devoción por la memoria como vía de indagación en la experiencia; la realidad castellana, en especial la Cuenca de la infancia y de la adolescencia, continente y contenido de su peculiar mitología; el predominio del verso libre, sustentado en ritmos endecasilábicos, como mecanismo de intensificación de la carga emotiva del poema, y los encabalgamientos y rupturas del verso.

A partir de esos mimbres, a los que habría que añadir determinadas lecturas de poesía europea y americana (Dylan Tomas, Pablo Neruda, T. S. Eliot), Diego Jesús Jiménez afronta la escritura de La ciudad, libro en el que su voz cobrará una incuestionable solidez y un tono personalísimo, abriendo un nuevo espacio en la lírica joven del momento y anticipando, como luego veremos, lo que habría de aparecer, algunos años después, como parte de la “revolución novísima” (una revolución más aparente que real, más temática que estructural).

LA CIUDAD: UN LIBRO RENOVADO

Juan José Lanz[1] califica de etapa de “madurez expresiva” la representada por La ciudad y Coro de ánimas (1968). Yo matizaría esa afirmación. Creo que ambos libros conforman su etapa de consolidación y que la plena madurez expresiva la alcanza en Fiesta en la oscuridad (1976), libro a partir del cual genera un universo de ficción cualitativamente distinto. Menos en La ciudad que en Coro de ánimas, pero en su poesía de esta etapa todavía se sorprenden ecos de cierta estética del cincuenta (de los poetas arriba mencionados) aunque los ejes que la sustentan sean los de la poesía universal más perdurable: la memoria, el amor, la muerte. Junto a esos ecos, ya son más que significativos los elementos visionarios que apuntan hacia horizontes liricos y semánticos muy alejados de sus predecesores y de sus coetáneos. Asoma, poderosa, la aventura de la imaginación y comienza a extenderse, como algo más que un “tema”,  la sombra de la muerte.

La ciudad es, en consecuencia, un texto anticipador, casi inaugural de un nuevo lenguaje. Con él Jiménez realiza un salto cualitativo respecto de las entregas anteriores. Ya no es una colección de poemas con un hilo conductor compartido, sino que se trata de un libro-poema o de un poema libro. Esa concepción estructural, infrecuente en la poesía española de la década de los sesenta, tenía el precedente claudiano de Don de la ebriedad. Sin embargo, Diego Jesús Jiménez, en la medida en que opta por una estructura racional, definida de manera premeditada en función de los contenidos a abordar en cada uno de sus capítulos (Rodríguez se deja llevar por la espontaneidad), está más cerca de la concepción de libro-poema de Eliot, o, en otra dimensión, de Octavio Paz.

A su condición de libro-poema se añade la decidida vocación totalizadora a la que aspira el conjunto. Con él, el poeta intenta abarcar la existencia toda del hombre y, a la vez, sintetizarla. La infancia y la adolescencia, la visión del lugar del origen desde la conciencia del desarraigo, desde la realidad del alejamiento y de la separación, el amor y la muerte (de manera especial, lo que parece anacrónico dada la juventud del poeta). Todos esos “materiales”, abordados desde la simultaneidad, en planos paralelos e interrelacionados, dan lugar a un reforzamiento de la vertiente visionaria que había apuntado en Grito con carne y lluvia. Desde esa perspectiva se nos muestra, con un alto grado de madurez, la dualidad realismo/irracionalismo que caracterizará su obra posterior.

Antes decía que La ciudad forma parte, dentro de la evolución lírica de Jiménez, de su etapa de consolidación. En efecto. Sin embargo es preciso destacar el alto grado de madurez que ya se advierte en él. La mirada adolescente, cuasi infantil, de su “trilogía” iniciática se ha desvanecido y las innovaciones formales (el verso libre, los encabalgamientos y rupturas) dan forma o envoltura a un hondo temblor existencial, solidario y crítico a la vez. En La ciudad se concentra la vida y así lo resume en el breve poema prólogo:

Es una vida,
un nuevo corazón puesto en el fuego,
una trampa al final.

Pero la afirmación de la vida se complementa con una apelación, a mi juicio esencial como demostrará en toda su obra ulterior, al valor del lenguaje. Su labor como poeta intenta, también, “poner en claro las palabras”. En el fondo, Diego Jesús Jiménez ofrece, como anticipo o anuncio, lo que en las páginas posteriores no será sino el relatorio, hondo y diversificado, de su geografía personal, íntima, con la voluntad de que sea, a su vez, la geografía emocional del hombre (del ser humano). Ese relatorio, que es, en el fondo, un reconstrucción, se desarrolla mediante un largo poema estructurado en cinco capítulos o “rondas” que aluden a otras tantas zonas de la experiencia del sujeto lírico: el agua, el aire, la noche, las piedras y, como colofón o síntesis, el hombre. En una primera lectura (y excluyendo la última ronda) nos encontramos con los que, desde la Grecia clásica, son los cuatro elementos de que se compone la naturaleza: agua, luz, aire y tierra. Sin embargo, Jiménez imprime ligeros cambios (aunque con un sentido nada ligero): la luz es sustituida por la noche y la tierra por las piedras.

La ciudad, de principio a fin, es un libro esponjado por la pulsión del retorno, por lo que María del Pilar Palomo define como “búsqueda ontológica de reconocimiento de la propia identidad”[2]. En todos los capítulos (o poemas), pero sobre todo en “Ronda del agua”, hay una meditación sobre el pasado, sobre el mundo perdido. El río  (casi siempre el Júcar, pero también el Escabas, afluente que cruza el término de Priego) es el heraclitiano lugar en el que flota el tiempo con todo su acarreo de memoria:

Las nubes
y mi vida, reflejadas así sobre las aguas. Vedlas templando
el corazón, navegando la sangre
con sencillez, siendo vaivén, rumor, espuma
conocida

La niñez, la vida rural, el mundo de las brujas y de las adivinadoras, la Castilla mágica, oculta y ancestral (tan distinta de la de Antonio Machado), los cuentos al arrimo del fuego, la naturaleza. Todo ello se filtra en la “cristalería” del Júcar. El poema tiene algo de templo gótico, de universo de vidrieras transparentes. Pero no sólo está en él la memoria, está también la noticia de gentes extrañas, casi siempre humildes, menesterosas: “Solemnes quincalleros, / gentes de carro / y río, de fogata / nocturna”.






En “Ronda de la noche” sorprendemos una sutil metáfora del tiempo en que vive el poeta. Cierto que también es un canto al origen, al despojamiento previo al conocimiento, a la soledad del hombre: “y puedo hablarte / de cuando el hombre estaba a solas / hace ya muchos siglos”. Pero en lo fundamental, la noche que vive el sujeto poético es la noche de los otros. La de los humillados y ofendidos, la de los marginados, algo que se nos revela de un modo magistral, pletórico de referencias a los submundos que se mueven bajo la superficie visible de la realidad, en los versos que siguen:

Y las cabras, las fieras, los enanos, los del simple equilibrio, todos
los que están a jornal, los aplastados por la lona, los que desmienten
que está la muerte sobre el mundo, los que no tienen fe,

La metáfora alusiva al tiempo histórico, que no es otro que el de la dictadura de Franco, impregna buena parte de los versos de este capítulo o poema. No sólo desde una perspectiva de clase (algo que parece extraño dada la juventud del poeta y las serias limitaciones con que, en la España de 1962, ó 1963, se accedía a los libros de teoría marxista), tal y como se pone de relieve en los dos versos siguientes: “Los que están a jornal / están pesando sobre el mundo”. En otras palabras: los asalariados, los que, en la terminología marxista, “han de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario” pesan, influyen en la historia. También lo pone de relieve  a partir de una visión existencial, casi angustiada, que identifica la noche a la que alude esta “ronda” con la ausencia de libertades, con la realidad oscurantista y represiva que caracterizó al Régimen. Es la noche en la que, a pesar de todo, el amor es posible:

Descabalgué
cuando la tierra estaba dolorida, desmantelado
el hombre;
sobre las noches negras de mi patria
era capaz
                  de besarte los ojos.

Cuenca, la ciudad recurrente del libro
En la “Ronda del aire”, Diego Jesús Jiménez recobra el mundo mágico de la infancia y la dimensión celebratoria de las zonas menos desapacibles del recuerdo. Ahí están las fiestas de la infancia y de la adolescencia, los ritos ancestrales que duermen en los más remotos lugares, especialmente en aquellos directamente vinculados con la propia biografía de Jiménez: Priego, Cuenca, Beteta, el convento de San Miguel, la catedral de San Julián. También está el mundo infantil y los escenarios de la felicidad evocada, los viejos y nuevos aromas, las músicas (“Suena una jota, / rectifican los pájaros, algo acontece en el pinar”, escribe). Es como si el sujeto poético permaneciera de cara al viento y dejara que éste lo acaricie dejando en su mente un cúmulo de mensajes procedentes de otro tiempo y de otros lugares.

           Esto es el viento.
nada se sabe
aún, sino que pasa y luce
buen bordado, buenas heridas, buena
meditación.
                    Esto es el viento
y duele como un vino
lejano, como un baile
de bodas.

"Ronda de las piedras” convierte a éstas en objeto narrativo. Son los sedimentos inertes de la memoria de los antepasados, la materia donde quedó grabada lo que en algún momento fue vida: “Regresan, / traen aventuras, corazones, sed, perfumes de pinar/ en la resaca (…) // De pronto se consumen, arden  / en el aire, se transforman / en piedras”. La piedra como una forma de inmortalizar el instante, de atrapar la fugacidad, de detener el tiempo. Curiosamente, este capítulo nos da noticia de un libro futuro que, en los años en que nuestro poeta escribe La ciudad, no existía ni en esbozo. Me refiero a Bajorrelieve, con el que en 1991 obtendría el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez.

El libro se cierra con un capítulo de distinta estructura respecto a los ya analizados. “Ronda del hombre” es, en el fondo, el espacio de intersección entre el yo lírico y el yo biográfico. El hombre como destinatario y protagonista último de cada una de las “rondas”. Es el capítulo más realista, con mayor grado de conexión con la poesía de los autores de la generación del 50 a los que antes he aludido. Así se advierte en los poemas “Despedida” y, sobre todo, en “La casa”. Son poemas de estructura narrativa, en los que se cuentan pequeñas historias arraigadas en la experiencia vital de su autor. En el primero alude al amor condicionado por un medio contradictorio ("Eran de familias distintas en el pueblo" es el verso que cierra el poema) y en el segundo el imposible retorno físico al origen desde la construcción de un regreso imaginado:

Si volviera a la casa
negaría la paz, comprendería
lo duro de esta siesta; vencería aquel miedo.

LOS RECURSOS UTILIZADOS

Dos son los rasgos que, por el papel que ejercerán en toda la poesía posterior de Diego Jesús Jiménez, convierten La ciudad en un libro clave en su trayectoria lírica: el primero es la opción por un lenguaje innovador, basado en la utilización del verso libre y en la incorporación de recursos como las rupturas de verso, los encabalgamientos y los tonos interrogativos y admirativos. Esa combinación produce un tono en el que se apuntan algunos de los recursos que utilizarían determinada estética novísima (especialmente, Gimferrer en Arde el mar). El segundo es el ambiente mágico, casi fantasmal, que esa opción de lenguaje propicia. Con sólo dejarnos llevar por la lectura de cualquier fragmento de cualquiera de las “rondas”  experimentamos la sensación de acceder a un ámbito entre real e imaginario, tan verdadero como fantasmal, en el que las emociones sentimental y estética se integran e interrelacionan con una eficacia poco habitual. Ese ambiente tiene, en buena medida, su origen en la convivencia en el poema de términos y símbolos alusivos al mundo rural (que en la voz de Jiménez adquieren una luz nueva) junto a otros de origen “culto” y otros vinculados con la brujería, con lo que convencionalmente entendemos como “mágico”.

Encontramos similitudes entre esa opción léxica y la de ciertas zonas de la poesía de Claudio Rodríguez, especialmente en su libro Alianza y condena (1965), aparecido con posterioridad. Sin embargo, tal y como resalté en el prólogo a su antología Iluminación de los sentidos[3] “entre la poesía de uno y otro hay una diferencia radical: tanto en el planteamiento originario como en los resultados. Si el zamorano transgrede la realidad en busca de una suerte de conocimiento[4] o de participación[5], Jiménez opta por generar otra realidad soñándola, incorporando a ella los más hondos impulsos del deseo y decantándose hacia lo visionario rompiendo las fronteras de lo racional”.

Por otra parte, La ciudad no es un libro ajeno a las conquistas de la mejor poesía en castellano de la primera mitad del siglo XX: en él hay despuntes surrealistas, hay carga meditativa, hay una peculiar mística laica —que mucho tiene que ver con lo que venimos definiendo como "magia"— y hay una notable (e inquietante) capacidad de universalización de los aspectos más locales de la experiencia del poeta, una experiencia que no se ciñe sólo a lo vivido, sino que encuentra su más hondo campo de desarrollo en el propio acto de creación del poema.

He apuntado, párrafos antes, que determinados giros y usos tonales de Diego Jesús Jiménez en este libro anticipan el tono y la imaginería de determinada estética novísima, especialmente de un libro como Arde el mar, de Pere Gimferrer (1966), publicado un año después. Cito, a continuación, sólo un ejemplo a título ilustrativo: de La ciudad: “¿Quién recoge el cadáver / de nuestra vida, el relámpago, el hilo de una noche sin que / sobre las alas de la amanecida florece?";  de Arde el mar : “¿Quién remueve en la espuma su cadáver de niño? / ¿Quién rescata al silencio el pasado y sus máscaras?”.

La identidad tonal que se advierte en estos versos (que se puede, además, constatar en otros muchos), la semejanza en los giros y factores como el uso de palabras de origen rural y relativas a la brujería en ambos libros (pezuña del diablo, conjuros, curanderismo, brujas, adivinadoras, aparecidos, milagrería) son tan evidentes que se podrían llenar varias páginas con ejemplos como el apuntado. A ello cabe añadir otras similitudes: Jiménez, en La ciudad, utiliza términos (aunque integrados en una cosmovisión de raíz rural) que después serían recurrentes en cierta terminología novísima: templos, criptas, organda de Israel, friso, plateados salmos, molduras, góndolas, bóvedas, encajes, son palabras procedentes de La ciudad que conviven en el texto de modo natural con otras de procedencia popular, propias del lenguaje cotidiano.

Por último, en La ciudad se apuntan (como anticipaciones) algunos de los leitmotiv que serán visibles en algunos de sus poemas más solventes e intensos de sus libros posteriores. El verde del poema “Color solo” que aparecerá en Bajorrelieve, ya está en versos como los que siguen: “Verdes sus aguas, sus cazuelas / tempranas, sus bóvedas…” de “Ronda del agua”; el bajorrelieve en el que, en el libro del mismo título, las figuras esculpidas entran en movimiento, está ya en el poema “Las piedras”: “Nuestro único miedo a los aparecidos, a las adivinadoras, / a aquellas del jabón y los bailes y los amores / prohibidos, se ha convertido en piedra”; la noche, llena de luminarias de su libro Fiesta en la oscuridad vive en “Ronda de la noche”: “¿Qué se resuelve por mi cuerpo, qué oscuridad / va calentándome la sangre?”; y la recuperación de los objetos más imprevisibles del cajón de la cómoda del poema “Calderón de la Barca, 41”, de su libro Itinerario para náufragos (1996) se apunta en el poema “La casa”: “Mi habitación, la mesa de nogal, los libros, la ventana…; allí estarán las Ciencias Naturales, la Geografía / de los jueves, los vientos, las distancias…”.

En definitiva, La ciudad es un libro innovador, hasta cierto punto insólito, que, 50 años después de su publicación, mantiene de manera plena su vigencia. El paso del tiempo y de las modas, muy al contrario de lo que ha ocurrido con poemarios que se publicaron entre 1963 y 1966, no sólo no ha atenuado sus calidades, sino que las ha acrecentado notablemente. Es un libro vivo que gana en cada nueva lectura. Un libro que está reclamando una edición crítica que lo sitúe de manera definitiva en el lugar que merece en la historia de la poesía en castellano del siglo XX.

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[1].  “Su prehistoria poética queda comprendida por tres plaquettes iniciales, para alcanzar en sus dos libros siguientes —La ciudad (1965) y Coro de ánimas (1968), con los que obtiene, respectivamente, el Premio Adonais y el Premio Nacional de Literatura— una etapa de madurez expresiva”. Juan José Lanz. “La palabra en el tiempo de Diego Jesús Jiménez”. Insula. Nº 607. Julio 1997. Madrid.
[2] . Palomo, María del Pilar. “Prólogo” a Poesía, de Diego Jesús Jiménez. Anthropos. Barcelona, 1990
[3] . Rico, Manuel. “Prólogo” a Iluminación de los sentidos, de Diego Jesús Jiménez. Hiperion. Madrid, 2001.
[4] .  Así lo evidencia en el subtítulo del poema “Brujas al mediodía” con que abre Alianza y condena.
[5] . “La poesía, entre otras cosas, es un búsqueda, o una participación entre la realidad y la experiencia poética de ella a través del lenguaje”. Claudio Rodríguez. A manera de un comentario. Prólogo a Desde mis poemas. Madrid. Cátedra, 1983.

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