martes, 24 de mayo de 2011

Spoon River Antology: Cuando los muertos narran su vida

Hace noventa años, en 1915, se publicó en Nueva York Antología de Spoon River, la obra maestra de Edgar Lee Masters.  Cuando apareció, nadie, ni siquiera su autor, sabía que acababa de ser editado uno de los pocos best-sellers  de la historia de la  poesía norteamericana. Lee Masters vendió 19 ediciones aquel año y en 1940 contaba con la friolera de 70 ediciones.

Hoy es un clásico de la poesía anglosajona que, como todo clásico, nos habla de las incertidumbres de todo ser y de todo tiempo. La Antología es la crónica poetizada de una ciudad imaginaria, Spoon River,  escrita en los nichos de su también imaginario cementerio. Son los muertos, a través de sus epitafios, quienes nos hablan de su intrahistoria a la luz de los oficios, cargos o profesiones que ejercieron o de lo que fue su vida cotidiana. Cada epitafio, un poema, una pequeña crónica, un relato, un fragmento de vida: “Uno murió de una fiebre, / otro se quemó en una mina, / a otro le mataron en un riña, / otro murió en la cárcel, / otro cayó de un puente donde trabajaba para mantener a su mujer y a sus hijos... / Todos, todos duermen. Todos están durmiendo en la colina”.
No es difícil imaginar a su autor, veinte años antes de la edición del libro, como joven abogado trabajando para la Edison, recorriendo los hogares de Chicago para cobrar los recibos del suministro eléctrico. Edgar Lee Masters tenía entonces 24 años, había llegado a Chicago para hacerse un hueco en el mundo del periodismo como vía de acceso a la literatura, trabajaba para vivir y se alojaba en hoteles modestos y en pensiones de una o varias noches. Aunque había nacido en Kansas (Garnett, 1869), procedía de Lewistown, ciudad situada en Illinois, en la región de las Grandes Praderas, donde habían transcurrido su adolescencia y su primera juventud.

Chicago, entonces, era el lugar de la hostilidad, la ciudad que, en paralelo a Nueva York, se reinventaba en los rascacielos y protagonizaba, entre la miseria y la opulencia, un desarrollo industrial hecho de sucesivas oleadas de emigrantes. Como Carl Sandburg, como Vachel Lindsay o Edwing A. Robinson,  Edgar Lee Masters participó en el movimiento literario “Renacimiento de Chicago” y asumió una concepción de la poesía acorde con dos grandes obsesiones: enfrentarse al belicismo imperial de Norteamérica —fue un crítico implacable, a finales del siglo XIX, de la guerra contra España en sus últimas colonias— y dar testimonio de una sociedad despiadadamente clasista. La primera obsesión, compartida por algunos de sus coetáneos, derivó en una visión de su propio país muy parecida, en la voluntad de regenerarlo, a la de los noventayochistas españoles menos conservadores. La segunda enlazaba con buena parte de las obsesiones de algunos de los novelistas que como Upton Sinclair o Theodor Dreiser (al que dedica uno de los poemas/epitafio de su Antología), afrontaron, con realismo, un Chicago sórdido, construido sobre la miseria y la explotación, y anticiparía la acerada crónica de una pequeña ciudad  que ofreció, en Calle Mayor, Sinclair Lewis, y algunos de los vectores que guiaron las narraciones más duras de la generación perdida, singularmente del Steinbeck de Las uvas de la ira, pero también con el núcleo de insatisfacción frente a la realidad de un William Faulkner o, más allá, del Dos Passos de Manhattan Transfer.




La Antología fue el contrapunto realista a la poesía de cuño más experimental que comenzaba a apuntarse en otros medios por poetas casi una generación más jóvenes. Se insertaba en la línea más directa y realista de la lírica anglosajona, línea que enlazaba con precedentes como Thomas Hardy, Edward Thomas o Robert Frost y que llegaría, ya muy avanzado el siglo XX, a Philip Larkin en la pugna histórica con el irracionalismo o imagism que, desde las vanguardias de entreguerras, va de Ezra Pound —curiosamente, uno de los poetas que saludó con más entusiasmo el libro de Masters a Robert Lowell. 

¿Qué es lo que convierte en excepcional Antología de Spoon River? No sólo el lenguaje, de un lirismo contenido pero traspasado por la ironía, por un controlado sarcasmo y por la ternura, sino la perspectiva desde la que están escritos los poemas. Es decir, por el lugar desde el que el poeta y narrador escribe. Cada personaje pone voz a su epitafio, recapitula, desde su muerte, sobre la existencia: expone la verdad que las convenciones sociales, la tradición, la represión obligada y la represión inducida, le han obligado a ocultar en vida. La prostituta que dio servicio a los más afamados hijos del pueblo; el juez que se corrompió y que se sabe injusto (“sabiendo que hasta Hod Putt, el asesino, / ahorcado por sentencia mía, / era de alma inocente comparado conmigo”); el sacerdote que conoció secretos y sevicias; la muchacha violada; la esposa adúltera; el banquero que engañaba a sus clientes. Los epitafios sacan a flote la vida oculta, hacen emerger lo sumergido.  La muerte desinhibe, libera, es el gozne que abre la puerta de la habitación donde los sueños conviven con las frustraciones, la verdad con la mentira, la dignidad con la humillación, el lujo con la miseria.

Cuando el mundo, en este comienzo del siglo XXI, vislumbra otras fronteras y la globalización ofrece, con Internet y con las nuevas tecnologías de la comuicación, el espejismo de que los microepacios han perdido vigencia, el Spoon River de Lee Masters, por su rabiosa actualidad —abrir, hoy, un periódico es situarse en cualquiera de las páginas de ese libro—, por su vigencia casi un siglo más tarde, nos demuestra que no hay otro modo de acceder al núcleo duro de la condición humana, de indagar en lo universal, que experimentando la emoción de lo inmediato, el dolor o el gozo de lo cercano. Jesús López Pacheco, en el prólogo a la única edición íntegra que existe en castellano —publicada casi ochenta años después de la primera en inglés[1]—, lo dice con otras palabras. “Se podría decir, parafraseando a Whitman, que “quien toca este libro”, toca a cientos de seres humanos, y a través de ellos, a miles, a millones. Antología, sí, pero no literaria, sino vital, aunque sea paradójicamente a través de voces de muertos”.  

* Este artículo apareció en Babelia el 30 de julio de 2005, con el título Cuando los muertos narran


[1] . Edgar Lee Masters. Antología de Spoon River. Edición de Jesús López Pacheco. Madrid. Colección Letras Universales. Cátedra, 1993.

 

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