lunes, 22 de agosto de 2011

El Ángel González al que admiro, quiero y releo

El 17 de mayo de 2008, meses después de la muerte de Ángel González, el Ayuntamiento de Alcorcón promovió un doble homenaje al poeta. De un lado, hizo público un libro colectivo. De otro, celebró un acto, abierto a los ciudadanos, con mesa redonda y actuaciones diversas. Mi aportación al libro fue este artículo con el que mostraba una visión diferente (ni mejor ni peor: diferente) a la que de Ángel González difundieron buena parte de sus amigos más próximos. Susana Rivera, la viuda del poeta, me acaba de recordar su existencia. Ahora, cuatro años y medio después del fallecimiento de Ángel, lo rescato para el lector curioso que no accedió al libro.

No he tenido la fortuna de conocer, en persona, a Ángel González. Mejor dicho, sólo una vez logré hablar con él. Fue en 2005, probablemente en primavera, y la conversación —telefónica— fue breve y productiva. Me puse en contacto con él, como director de la colección de poesía de Bartleby Editores, para comunicarle nuestro interés por incorporar Tratado de urbanismo, uno de sus mejores poemarios, a la serie Lecturas21. También para que, en caso de aceptar la propuesta de reedición, me facilitara el nombre del poeta joven por el que optaría para que realizara, en forma de epílogo, una “lectura” del libro. Dijo que le ilusionaba la reedición y me propuso al poeta Carlos Pardo. Desde entonces, Ángel González forma parte del catálogo de la colección.

Por tanto, antes de esa breve conversación telefónica, para mí Ángel González fue un poeta sólo conocido en los libros y en las noticias periodísticas. Mucho tiempo atrás, quizá a principios de los años setenta del pasado siglo, lo había leído. Intensa y compulsivamente, con la pasión de quien descubre y se asombra. Con el arrobo del joven que se asomaba, en los atardeceres de un  barrio periférico del norte de Madrid —aquellas lentas tardes de Hortaleza, las caminatas en soledad por los descampados que atravesaba la vía del ferrocarril o los paseos de recién enamorado por las calles de un viejo pueblo venido a distrito madrileño en los primeros sesenta—, a los poemas de Áspero mundo, de Sin esperanza, con convencimiento, de Grado elemental o de Tratado de urbanismo (después vendrían, ya en tiempos de mi juventud y de mi madurez, Procedimientos narrativos, Prosemas o menos, Otoños y otras luces...).    

Ahora, pasado el tiempo, meditando sobre su vida y su obra tras su muerte, tras constatar el enfoque con que han recobrado no pocos medios su trayectoria, no he podido evitar hacerme un par de preguntas. Ángel González, ¿fue el poeta recluido en un círculo formado por un grupo de escritores, poetas los más, o fue un poeta de todos? ¿Fue el poeta de la resistencia civil que heredaba de la generación anterior, especialmente de la que protagonizó la poesía social, una mirada crítica sobre la realidad o fue el poeta de las noches de farra, de las veladas interminables de vino y boleros que nos han mostrado columnas y artículos diversos?

Me lo pregunto hoy, cuando, a dos meses de su muerte, pienso en su herencia literaria. Un joven de cualquiera de nuestras ciudades, no especialista ni estudioso de la historia de nuestra poesía, que leyera las semblanzas y las evocaciones escritas en últimas semanas sobre Ángel lo habrían imaginado como un semibohemio gustoso del alcohol y de la conversación hasta la madrugada, amigo de sus amigos y de ciertos bares y superviviente de la generación, especialmente propensa a tales ocupaciones, del 50. Es decir: habrán conocido sólo una vertiente de la biografía de Ángel (divertida, sin duda apasionante, pero parcial), como si hubiera sido ésa su aportación esencial a la poesía española contemporánea.

Cómo negar que fue un poeta noctámbulo, amigo de las madrugadas y de las noches interminables. Cómo ocultar su mundo cotidiano, sus amistades de cada noche, sus veladas de farra y alegría.  Pero del mismo modo que no es posible negar tales verdades, es preciso afirmar que su obra poética (que en todo autor, si es de calidad, desborda las anécdotas que acaban por configurar una biografía) tuvo, tiene y me atrevo a decir que tendrá, una dimensión infinitamente más amplia de la del poeta encerrado en un círculo de amigos y cautivado por la nocturnidad y el vapor de los bares que nos han dibujado no pocos columnistas de fin de semana.

La poesía de Ángel González es eso, claro está. Pero es mucho más. Es la poesía de las ciudades llenas de seres humanos atravesados por la soledad, la poesía del urbanismo hostil del centro comercial y del urbanismo apacible y hospitalario de los rincones propicios para el amor, la poesía de las calles abiertas al milagro colectivo, la poesía de las muchachas vírgenes y de las cautivadas por el sexo y la irreverencia, la poesía de la vida y la celebración y la poesía de la incertidumbre y de la muerte, la poesía del tedio funcionarial y de la alegría de los balcones abiertos a la mañana provincial. Una poesía abierta y luminosa, de ciudad y de campo, del cementerio de inútiles chatarras llenas de la memoria de viejos automóviles y del cementerio abierto al mediterráneo de los últimos momentos de Antonio Machado ("estos días azules y este sol de la infancia")...

Mi Ángel González, el poeta al que mis amigos de clase y de barrio y yo descubrimos a principios de los años setenta gracias a la lectura deslumbrante de Áspero mundo, era un poeta que, con sus versos, nos salvaba del tedio cotidiano, nos abría horizontes más allá del bar más próximo del barrio y de la noche que aguardaba los whiskies iniciales, nos contaba los esfuerzos de dignidad frente a la dictadura de Franco y su cercanía y solidaridad con los chilenos víctimas de la barbarie pinochetista. Nos enseñaba dimensiones desconocidas de la relación amorosa, escenarios ocultos de la ciudad provinciana, daba una luz distinta, inaugural a nuestros sábados y nos mostraba, poetas aprendices, apenas estrenados, que la poesía podía ser transparente, directa, sencilla pero sólo con una condición: que la palabra nos sonara a nueva, a música inédita, fuera revelación y descubrimiento, tenacidad y trabajo sobre el papel en blanco o sobre el verso deficiente.

Me resisto, por ello, al reduccionismo en torno a Ángel y a su poesía. Me resisto a su proyección hacia el lector como poeta de la nocturnidad y del alcohol. Tampoco comparto esa tendencia, tan común en los cenáculos literarios, que pugna por la apropiación (casi siempre excluyente) de los poetas de relieve y de sus obras. Nada más negativo y opuesto a la aspiración universalista de toda obra poética, que la estela de viudos que tienden a monopolizar la interpretación y el sentido de cuanto el poeta desaparecido escribió. Reivindico al Ángel González que ha sido y es de todos. Al poeta que siempre, más allá de sus propensiones y de sus amigos más próximos, nos ha dejado una poesía de todos, en la que las distintas generaciones que convivimos en este comienzo del siglo XXI nos reconocemos. Porque -él lo dijo- para que se llamara Ángel González fueron necesarios

"hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientre de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo"
          

                                                                                        Madrid, a 30 de marzo de 2008

1 comentario:

  1. Magnífico artículo, equilibrada visión. Cené (y copeé) bastantes veces con él y con Eduardo Chamorro y me subyugaba su sencilla visión humanista de las cosas y los acontecimientos.

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