domingo, 24 de junio de 2012

"Realismo narrativo made in USA", un artículo de 1990

Con motivo del éxito creciente que, entre 1985 y 1990, tuvo en España el llamado realismo sucio, en octubre de 1990 publiqué, en el diario madrileño El Independiente,  un largo artículo expresando algunas contradicciones de la crítica académica y periodística respecto a una moda que se acompañaba de la descalificación del realismo que se veníacultivando en España desde, al menos, la generación del medio siglo.

Título de la fotografía: Ford y Carver cazando
En los últimos cinco años hemos asistido a una auténtica invasión de novelas y de libros de relatos procedentes de Norteamérica cuyo denominador común ha sido su adscripción a un nuevo realismo. Minimalismo, realismo sucio, novela urbana, han sido términos con los que los especialistas han denominado esta peculiar eclosión que ha tenido algunos rasgos de boom y que han protagonizado, con alguna excepción, jóvenes autores que, partiendo de premisas distintas,  han desembocado en aguas parecidas. Tobias Wolff,  Raymond Carver, Richard Ford, John McInerney, entre otros, han pasado a ocupar lugares preferentes en las listas de libros más vendidos de nuestro país y a gozar del favor de  la crítica de un modo bastante generalizado tras la llamada de atención que hiciera en su día la  prestigiosa revista literaria internacional Granta.  Estos autores, que comenzaron a abrirse paso en Estados Unidos a finales de los años setenta y principios de los ochenta, expresaban, en el fondo, sobre todo a partir de 1982, la respuesta literaria a los efectos de la política interna de Reagan, cuyas secuelas de desempleo y marginación, de deterioro del nivel de vida debido a los  fuertes  recortes  presupuestarios  en  el  ámbito de los servicios sociales se fueron haciendo patentes, tanto en el medio rural como en el urbano, a lo largo de la década. De algún modo, estamos ante una literatura comprometida, al margen de la voluntad de los autores/protagonistas.


Personajes devastados por el alcohol y por la carencia de horizonte vital; hombres grises hastiados por un trabajo huero de alicientes; mujeres perdidas en una cotidianidad que odian; jóvenes sometidos al imperio de la hamburguesa y a un escepticismo prematuro; parejas que  intentan salvarse a través de sucesivas separaciones; oficinistas, jubilados, amas de casa, desempleados, metalúrgicos, soldados, vidas todas ellas enlazadas por el  nexo común del anonimato y de la pertenencia a las llamadas clases subalternas. Y todo ello, desarrollado con un fondo ambiental no por diverso menos parecido: la Minnessotta de Carver, la Montana de Ford, las más variadas ciudades  del interior, la realidad caótica neoyorkina... Ambientes  que desempeñan una función obvia: mostrar parcelas  controvertidas de la realidad, ubicar en contextos cotidianos la vida de esos personajes marcados por la cultura  televisiva y por el vacío existencial, abocados a la ruptura  sentimental y al individualismo más extremo en una sociedad en la que imperan la insolidaridad y el “sálvese quien pueda”. Una técnica literaria sin artificios, que se mueve entre el objetivismo poético y la fluidez casi periodística, evidencian, a la vez, la ruptura con las tentativas experimentales de los años setenta, la búsqueda de una expresión directa, transparente, que en algunos autores adquiere la dimensión de la técnica cinematográfica. Tales son, de modo sintético, los componentes de este curioso boom. La referencia al realismo norteamericano de los años anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial como precedente de este modo de escribir es obligada. Los propios autores no se han recatado a la  hora de reivindicar tales influencias.

En lo que a la vida literaria de  nuestro país  se refiere, llama la atención la capacidad de asimilación de  estos vientos —con apoyos críticos y editoriales más que  sólidos— en contraste con el silencio o, cuanto menos, con la actitud esquiva con que se abordan los intentos de  indagación en las parcelas más conflictivas de nuestro presente. Una actitud que se acompaña, al tiempo, de  una peculiar amnesia respecto a largos años de narrativa  realista que por estos pagos dieron frutos de una calidad como poco equiparable a los  que ahora nos llegan  con el sello minimal o dirty realism.  Lo que hoy se nos muestra como paradigma de la modernidad narrativa no es ni más ni menos que una versión actualizada e inscrita en el contexto de  la América postindustrial de lo que fuera aquel realismo crítico que hablaba del hombre y sus condicionantes en una España difícil.

El paralelismo que establezco entre ambas líneas narrativas no es ni caprichoso ni gratuito. A pesar del  puente de cuarenta años que separa a los nuevos realistas americanos de los viejos realistas españoles, no se puede obviar que los primeros reclaman magisterio de los mismos autores que influyeron, en el medio siglo, sobre los segundos: Hemingway, Capote, McCullers, Dos Pasos, entre otros. La memoria de la guerra  de Vietnam está  casi tan presente en las obras de los nuevos realistas  americanos —algunos eran adolescentes— como lo estuviera el fantasma de la guerra civil en nuestros “niños de la  guerra”.  De igual modo cabe hablar de la vida cotidiana,  desde la desolación de un alcohólico sin empleo en un suburbio de Minnessotta (Carver) hasta los avatares de un viejo sindicalista al perder el empleo (Ford). Situaciones extraídas de una colectividad anónima que vive en las afueras de las grandes ciudades o en remotos pueblos perdidos en  la montaña cuya similitud con el carácter y la naturaleza de los personajes que pueblan las obras de nuestros viejos realistas es evidente.

Tobias Wolff
Personajes que viven parecida angustia existencial, similares problemas diarios ante el precio del alquiler de la  vivienda o ante la amenaza de un sistema hecho a la medida de unos pocos, que sufren o gozan, que se emborrachan o huyen, como respuesta a la misma agresión de un medio hostil. Desde los  años cincuenta y sesenta,  la sociedad ha evolucionado. También la literatura. Pero, en lo esencial, los problemas de los sectores sociales a los que se acercan los FordCarverWolff de la narrativa americana de hoy tienen parentescos más que obvios con los que vivían los personajes, de sectores sociales parecidos, que levantaron los Sueiro, Marsé‚ Aldecoa o García Hortelano del realismo que se cultivó por estas latitudes. ¿Por qué la actitud contradictoria a la que arriba aludía? ¿Qué extraño mecanismo lleva a ensalzar el realismo foráneo, sucio o minimalista, y, a la vez, a poner en la picota por activa o por pasiva, tachándolo de costumbrismo nostálgico de berzas y otros tubérculos de parecida condición, cuantos intentos de acercamiento al lado hostil de la realidad se produjeron (o se producen) en nuestro país?

Tal vez el paso del  tiempo y unas mayores dosis de objetividad contribuyan, en el futuro, a dar respuesta certera a tales interrogantes. Mientras tanto, osado que es uno, apunto una idea: creo que la  literatura, con significativas excepciones, se ha visto impregnada por el liberalismo a ultranza que ha  guiado, en los últimos años, el comportamiento de algunos estratos sociales, por una euforia económica que parecía situarnos en el paraíso y por un desdén no exento de soberbia hacia los más desfavorecidos, incómodos símbolos de que el paraíso era tan limitado como precario, tal y como nos está demostrando la crisis del Golfo. Esa actitud no podía sino generar una literatura autocomplaciente y despreocupada en buena parte de los casos. Huidiza de cuanto pudiera empañar el aire de fiesta que se respiraba.

Mientras tanto, quizá para amansar conciencias,  Ford, Carver, Wolff,  McInerney y otros, artistas  extranjeros de lo cotidiano e incómodo, nos deslumbraban desde los escaparates de las librerías. Y nos quedábamos tan tranquilos porque aquello no iba con nosotros. Al fin y al cabo, era un realismo made in USA.

(Publicado en El Independiente. Octubre 1990)


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