domingo, 23 de septiembre de 2012

Los descontentos y la vida bella: "La bicicleta del panadero", de Juan Carlos Mestre

La bicicleta del panadero es, probablemente, uno de los libros más importantes de la poesía española en castellano de la última década. Un libro infrecuente que encuentra paralelismos, por su densidad y por la complejidad de su apuesta, en otros dos libros de poetas "mayores": Libro de familia, de Félix Grande, y Entreguerras, de Caballero Bonald. Abajo reproduzco mi crítica publicada en Babelia el pasado agosto.

La bicicleta del panadero
Juan Carlos Mestre
Calambur. Madrid, 2012
476 páginas
 
Juan Carlos Mestre. Fotografía de Eduardo González Puras
 
Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es una de las voces más personales de entre las que irrumpieron en nuestra poesía en la década de los ochenta del pasado siglo. Gracias a una obra rigurosa (nueve poemarios en treinta años), a su apuesta por un irracionalismo que nunca pierde pie en la realidad y a un estilo inconfundible se ha convertido en un poeta de referencia obligada. Con La casa roja obtuvo el Premio Nacional de 2008 y ahora, tras la recuperación de los textos de juventud en La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon (2011), Mestre da una vuelta de tuerca y se despacha con algo inusual: La bicicleta del panadero, un libro de casi quinientas páginas que tiene mucho de anacronismo frente a la omnipresencia del libro breve y, si se me apura, ligero de este tiempo digital. Un anacronismo saludable y hasta necesario, que arriesga y, a la vez, apuesta por la poesía sin adjetivos demostrando que pese al admonitorio título de su quinto poemario, ésta no ha caído en desgracia.

Ya desde el título, el libro presenta una gran carga significativa: la bicicleta como metáfora de una existencia basada en la utopía, en el equilibrio entre el hombre y la naturaleza, en cierta añoranza de un tiempo ideal, no prostituido por la razón mercantil y sus servidumbres; el panadero como artífice de un alimento ancestral, casi originario (y no sólo en el sentido bíblico). A lo largo de casi trescientos poemas escritos con un tono y una música sostenidos, envolventes, Mestre nos conduce a un viaje con el que, a base de imaginación, de asociaciones imprevistas y casi provocadoras, indaga en la conciencia de lo contemporáneo: la cultura, el arte, la política, los acontecimientos que, desde el pasado marcan, condicionan y determinan el presente, la memoria y sus diversos estratos (en el plano íntimo, pero también en el colectivo), el mundo como un medio complejo, poliédrico, en el que flotan, se comunican, establecen una relación dialéctica lo popular y lo culto, el más depurado y atrevido alarde lírico con destellos de un prosaísmo cruzado por la ironía. Todo ello en un ambiente fantasmal, hecho de espacios y lugares imposibles, de convivencia de tiempos, escenarios y objetos fuera de la lógica establecida.


En más de una ocasión, Juan Carlos Mestre ha utilizado el término “poesía de la conciencia” para definir su obra: una combinación de conciencia crítica civil y política y conciencia de la propia materia poética: es decir,  cuestionamiento del lenguaje convencional y búsqueda de sus potencialidades más sorprendentes y ocultas. El La bicicleta del panadero hay, además, una ambición cósmica. Pero no abstracta ni metafísica, sino sustentada en la Historia. Así, se acerca a realidades que han marcado la conciencia civil y cultural del siglo XX (mayo del 68, Auschwitz, la Guerra Civil, el asesinato de Lennon…) poniendo en pie un protagonista colectivo, un personaje coral que dialoga con el lector a través de múltiples voces: los sastres, los carpinteros, los chatarreros, los alquimistas, los hojalateros, los judíos marcados para siempre por el Holocausto, los poetas, los socialistas utópicos los representantes de los mercados, los albañiles, el dependiente, el padre (“Los padres mueren en invierno, tosen en invierno cansadamente sensitivos como trenes que ya no van a partir tosen mientras se deslizan sobre la nieve”…) conforman un colectivo de procedencia popular que se relaciona dialécticamente con un universo cultural poliédrico: un vasto territorio de lecturas, de evocaciones, de restituciones y homenajes (de Picasso a Gide, de Cortázar a Pérez Estrada, de  Lêdo Ivo a Marc Chagall). Son las distintas caras de la conciencia, la trastienda oculta de una memoria que es algo más que legado propio: es también herencia de los antepasados.

Al leer el libro de Mestre uno se pregunta hasta qué punto la poesía no es hoy el refugio de las grandes incertidumbres de los seres humanos en un mundo crecientemente mercantilizado, el lugar donde la palabra, desde la insumisión, intenta ordenar el caos, darle un sentido histórico-emocional nuevo, intuir un futuro diferente. A esa pregunta parece responder el autor con una conclusión implícita: la mirada más fértl y verdadera es la que se alimenta de la derrota. La lucidez extrema deviene, si, del caos, pero también de la imposibilidad, de las derrotas sucesivas que han edificado la historia del hombre, la geografía de la compasión en un mundo terrible: “Pocos confían en las multiplicaciones bíblicas / Nadie encuentra en el río pepitas de oro / Ningún periódico trae un ruiseñor en la primera página”. No por casualidad, La bicicleta del panadero se despliega tras una ilustrativa cita de Francis Picabia: “Los descontentos y los débiles hacen la vida más bella”. Mestre ha construido un extenso mosaico, un emocionante palimpsesto que es, en el fondo, un homenaje a las víctimas de la Historia, a las realidades demolidas y a los sueños que aún viven.
 
Publicado en Babelia. El País. 18 de agosto de 2012

sábado, 15 de septiembre de 2012

La vanguardia en tiempo de crisis: Fernández Mallo y sus dos últimos libros.

Agustín Fernández Mallo, impulsor de una estética basada en el protagonismo de la realidad virtual que nos ofrece Internet, las tecnologías de la información  y la sociedad de consumo, está de nuevo en los escaparates. No con narrativa, sino con poesía. Mi crítica a sus dos últimas publicaciones.


Agustín Fernández Mallo
Antibiótico.
Agustín Fernández Mallo
Visor. Madrid, 2012
Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus
Alfaguara. Madrid, 2012

Dos libros, recientemente editados, de Agustín Fernández Mallo dan cuenta de su labor poética:  Antibiótico, su obra más reciente, y  su primer libro, Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, aparecido en 2001 en un sello casi marginal  y ahora reeditado. Estamos ante la plasmación, en el ámbito de la ficción literaria, de dos reclusiones. Antibiótico, según nos cuenta el autor en el epílogo, fue escrito en el aislamiento premeditado, durante dos semanas, en una aldea de la montaña  leonesa vinculada a su infancia. La de su primer libro es la que se deriva del propio texto: el sujeto poético se encierra en el hotel de una isla mediterránea para evocar, en diálogo con un muñeco colgado de la puerta del WC, un amor roto.  Ambos encierros dan lugar a una doble muestra de postpoesía o de literatura mutante de acuerdo con los principios teóricos del autor  Antibiótico puede leerse como una sucesión de fotogramas,  de “pantallazos”, de enlaces o links, de widgets, de reflexiones fugaces, de impresiones, de imágenes gráficas, de fórmulas científicas, de destellos de la memoria cultural y de referencias a la muerte: una suerte de mosaico en movimiento que podría ser el equivalente a una sesión de Internet mantenida durante algunas horas y expresada mediante un lenguaje poético próximo al irracionalismo. La experiencia del aislamiento apenas es visible en el texto. Y cuando lo es, se muestra el filo de un descreimiento acentuado: “todo me aburre, no leo, no escucho música, no hablo de nada, me veo cerrando compuertas en beneficio de este poema sin más influencia que toda esta quincalla que palabra a palabra vengo acumulando”.  Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del  Tractatus está más cerca del poema en prosa convencional aunque no deja de ser deudor del fragmentarismo  en que se basa la poética de Fernández Mallo (de “fotografías verbales” habla Eduardo Moga en el prólogo de 2001, recogido ahora al final del volumen) y de la concepción finalista del lenguaje de Wittgenstein. Se advierte, quizá, un más denso sustrato emotivo y menos artificio “paratecnológico”.


 En el fondo, ambos  libros conforman un continuo textual con sus obras en prosa y en los dos se constata una lectura de la realidad condicionada por una experiencia ilusoria: que la cibernética y la sociedad de consumo  propician un mundo nuevo en el que el caos prevalece y al que sólo se puede acceder mediante la deconstrucción del texto literario. Es decir, la poesía como reflejo deforme de ese caos. No se trata del poema como espacio que ordene el mundo, que ofrezca al lector una nueva lógica, una síntesis superadora  que emocione y aporte un sentido nuevo, sea revelación más allá de la palabra. Fernández Mallo lo recorre de manera capilar, y  lo hace sin otro sentido último que el propio lenguaje. De ese modo, la palabra circula, constata, recobra, en ocasiones descubre y destella, pero se mantiene siempre un una superficie en la que el factor emocional y lo meditativo apenas afloran.  Escritura automática, surrealismo, vuelta a fórmulas utilizadas por las vanguardias, desde las de entreguerras hasta las que, caldo de cultivo de la contracultura, afloraron en la década de los sesenta pasando por la greguería convenientemente actualizada: “La infancia es un átomo / que emite la partícula © hasta que morimos”. Es más una geografía de las impresiones que de las emociones: tiene algo de macluhanianismo poético: el medio es el mensaje, lo esencial es el soporte que proyecta una visión del universo que es mezcla desordenada de sus partes.  Fernández Mallo  ha señalado que esa estética es la que se corresponde con la sociedad de la información del siglo XXI.  No parece muy acorde con la realidad: Juan Gelman, por ejemplo, poeta de hoy para quien el concepto poesía es ajeno a la prolijidad mutante (“la poesía es el lugar más calcinado del idioma”, escribió)  habla de y al ser humano del nuevo siglo y de cualquier edad, de sus zozobras, de sus sentimientos y de sus más hondas incertidumbres con una eficacia y una profundidad  tan o más contemporáneas que las que devienen del nuevo paradigma tecnológico.

 En cualquier caso, los dos poemarios de Fernández Mallo son dos aportaciones a tener en cuenta en el ámbito de las poéticas de vanguardia no de hoy, sino de cualquier época.   
(Publicado en Babelia. El País. Sábado, 15 de septiembre de 2012)

El latido de la tierra / Sobre "Sin ir más lejos", de Fermín Herrero

Fermín Herrero es un poeta con una dialatada trayectoria basada en el rigor y en un hondo entrañamiento con el entorno rural en que vivió l...