jueves, 20 de junio de 2013

Los territorios de la imaginación / Sobre "El laberinto del Quetzal", de Ana María Navales



Recupero mi crítica, publicada en República de las Letras en enero de 1998, con motivo de la nueva edición de la novela de Ana María Navales.

Ana María Navales / El laberinto del Quetzal. / Calima Ediciones. / Palma de Mallorca, 1997.



El quetzal es el más bello pájaro de América y, quizá, del mundo. El color verde tornasolado de su lomo se complementa con los colores negro, blanco, dorado y rojo escarlata del resto de su plumaje. Es, por sí mismo, símbolo de la belleza extrema. Ana María Navales no debió dudar a la hora de decantarse por situar esta singularísima ave en el centro de su novela, recientemente reeditada -en una versión revisada, corregida y definitiva- , El laberinto del Quetzal1. En el fondo, todo intento de aprehender, mediante la palabra, el núcleo existencial del hombre, el inasible sentido de la vida, tiene mucho que ver con la búsqueda de la belleza, de ese temblor misterioso que nos subyuga, apasiona y confunde: el arte, la literatura. El quetzal es, en la novela de Ana María Navales, la metáfora de ese temblor, de ese afán indefinible por poseer la centralidad de la existencia, por sentirla, en una muestra viva, poliédrica, sin fronteras espaciales o temporales, no sólo frente a nosotros, sino dentro de nosotros.

LA SINGULARIDAD DE UNA NOVELA

Tales apreciaciones, que cruzan de principio a fin El laberinto del Quetzal, obligan a una reflexión retrospectiva de suma importancia para entender el auténtico valor del texto: fue  publicada, en su primera edición, en 19852, un año decisivo en la evolución de nuestra novela contemporánea ya que fue cuando irrumpió lo que quedaría acuñado, pasado el tiempo, como nueva narrativa española. Ese hecho contribuiría, curiosamente, a velar la indiscutible carga de novedad, de renovación, que El laberinto del Quetzal aportaba a nuestra literatura. Por una doble razón: la tendencia dominante -y con mayor respaldo crítico- de la nueva narrativa se nutría de un enfoque realista, poco propicio a las derivas fantásticas y a la reflexión sobre el propio hecho literario; a la vez, se recuperaba una concepción hasta cierto punto tradicional del artefacto narrativo, incorporando elementos como la intriga, la prevalencia del argumento (“contar una historia”), algo que buena parte de la crítica definiría como recuperación del “gusto por narrar”.
La novela de Ana María Navales se distanciaba de ambas características: desafiaba al realismo, conectando con una tradición apenas apuntada treinta años antes con el Alfanuhuí de Rafael Sánchez Ferlosio -y, más allá, con gran parte de las novelas de un escritor como Alvaro Cunqueiro- y se acogía a un modo de narrar muy alejado de las estructuras tradicionales, del convencional esquema basado en el trinomio planteamiento, nudo y desenlace. Se trataba -se trata- de una novela innovadora, a contracorriente, en la que el componente cultural tenía un peso notorio y en la que se establecían múltiples conexiones con el lenguaje propio del poema. Un alarde de imaginación, de fantasía. Un empeño, además, no desprovisto de ese atributo al que antes hacíamos referencia: el gusto por narrar”.

UN ITINERARIO POLICÉNTRICO

El laberinto del Quetzal es la crónica de un viaje circular, de un itinerario complejo que la voz narrativa inicia y culmina en una apacible urbanización cercana a la playa en un lugar de la costa mediterránea -¿una isla? ¿Menorca? ¿Ibiza?-, una peculiar vuelta al mundo, un recorrido imaginario que protagoniza un hombre que se transmuta en pájaro quetzal y cuyas numerosísimas estaciones son asumidas como situaciones anímicas, como experiencias emotivas y culturales. En ese trayecto se quiebra la dualidad espacio-tiempo y se derrumba la frontera que separa la realidad de la fantasía.

El quetzal sintetiza el complejo mundo del espíritu en la búsqueda de la verdad, siempre huidiza, de la existencia en el arte. El presente aparece como el escenario que sitúa la novela, como lugar insatisfactorio sobre el que se erige la extensa y compleja urdimbre que constituirá el trayecto del protagonista por los escenarios de la imaginación, de la historia de la literatura y del arte en definitiva.

La primera pregunta que cabría hacerse ante tan ambiciosa pretensión es si El laberinto del Quetzal es una forma de huir del mundo, de abandonar la realidad. La segunda, si el texto se contrapone con una concepción instrumental de la literatura. Respecto a la primera duda, parece necesario destacar que Ana María Navales, en esta novela, lejos de huir de la realidad, la afronta en su condición más desapacible y polivalente: la realidad del narrador es la realidad del hombre -y de la mujer- como producto de sucesivas agregaciones de carácter intelectual, cultural, literario, también de experiencias vitales que han tenido lugar a lo largo de la historia de la Humanidad. Se trata de un laberinto que, inevitablemente, nos acompañará hasta la muerte. Un laberinto que se nutre tanto de la realidad real que nos condiciona -el presente- como de las múltiples realidades construidas por otros en el ámbito de lo imaginario. También de los espacios del sueño, de las propias incertidumbres y carencias del hombre de cualquier época.

Teniendo en cuenta ese sustrato, no es difícil entender -en respuesta a la segunda duda- que sólo muy parcialmente se contrapone con una concepción instrumental de la literatura: en lo que ésta tiene a veces de alegato, de búsqueda de una función social; no en lo que tiene de apoyatura imprescindible para la reflexión sobre el propio yo frente a la vida y frente a la historia.

LOS ESCENARIOS DE UNA MEMORIA CULTURAL Y EXISTENCIAL

Así, el lector asiste a la construcción de un presente continuo -el propio texto- por el que, como si se tratara de las habitaciones de paredes transparentes de una casa que es el universo todo, transita por la Grecia clásica, convive con personajes mitológicos, recorre las estrechas callejas del Toledo mestizo del siglo XIV, busca las huellas de los escritores del Bloomsbury, indaga en la Europa de entreguerras y conecta con el espíritu transgresor de las vanguardias, experimenta las ancestrales costumbres de los nativos de la Isla de las Tortugas o pasea por el París existencialista. Esas son algunas de las “habitaciones”, de las estaciones del viaje por los parajes del espíritu con que la palabra de Ana María Navales nos conduce a lo largo del libro. No se trata, sin embargo, de un recorrido superficial, de una mirada desde la altura -algo que podría deducirse de la condición voladora del quetzal-, sino de sucesivas “reencarnaciones” en personajes de cada momento histórico-literario, de sucesivas absorciones de la identidad y de la mirada de personajes de la época. Es la capacidad de revivir, desde dentro, los espacios que la literatura, la creación, logró trascender más allá de las servidumbres y equilibrios que dicta el tiempo. Pero no es sólo eso: es también un recorrido por las distintas limitaciones del ser humano a lo largo de la historia: la Inquisición, la resistencia frente a las dictaduras, la prevalencia de la inteligencia creadora frente a los intentos de hacerla desaparecer. Desde ese punto de vista, El laberinto del Quetzales también la metáfora de una pulsión hacia la libertad, de la negación de las coerciones y de la inteligencia negativa de quienes pugnan por condenar al vacío el gigantesco sedimento de cultura que convierte al hombre de hoy en contemporáneo de sus antecesores, desde Homero a Joyce o Virginia Woolf, desde Asurbanipal a Montaigne o Billy the kid. 

UNA NOVELA MOSAICO

La novela está escrita en primera persona y con una prosa de gran riqueza, llena de matices e iluminaciones poéticas, que en nada obstaculiza -por el contrario, la potencia- la eficacia narrativa del texto, una eficacia que no se deriva de una apuesta por la linealidad argumental, sino del cierto carácter de caleidoscopio cultural, literario, existencial, que lo caracteriza. Desde ese enfoque, estamos ante una novela-mosaico, ante una suerte de collage en el que las fronteras espaciales y temporales desaparecen. El amor, tanto en su formulación erótica como en su condición de precipitado de emociones y sentimientos; la muerte, no sólo como metáfora del vacío, sino como enemigo a batir con las armas de la perdurabilidad que el arte -la literatura- nos proporciona; el tiempo como fantasma que se rinde ante el enorme poderío de la imaginación; la condición efímera de todo hombre como resorte que nos impulsa a buscar la inmortalidad en lo que ya es eterno: la obra literaria, la obra de arte. Todos esos fantasmas, esas realidades, han nutrido, desde sus propios orígenes, la fuerza misteriosa con que el hombre se enfrenta al abismo de la nada dotándose del arma más eficaz para salvarse -a sí mismo y a las sucesivas generaciones-: la creación. Y todas esas realidades conviven con parecida intensidad en el laberinto que, sin ninguna concesión a la facilidad o a exigencias literarias del momento, construye Ana María Navales. 

Su narrativa -como su poesía- ocupa un espacio tan singular como poco complaciente con una visión meramente testamentaria del hecho literario (y que tendría una inquietante y maravillosa proyección en los relatos de un libro posterior, Zacarías, rey). En muy pocas ocasiones la literatura española ha frecuentado ese territorio difícil donde la urgencia de la realidad presente se ensambla, en una relación dialéctica, con la memoria cultural e histórica de sucesivas generaciones. Ana María Navales lo ha hecho. De una manera certera, rigurosa, fluida. “La vida se repite y se repite, indefinidamente”, afirma la voz narradora en el tramo final del texto. En esa frase parece concentrarse el aliento último del peculiar laberinto que construye la escritora aragonesa. Un laberinto al que se enfrenta el pájaro/hombre desde una disposición cargada de afán indagador en el pasado: “Un recuerdo abría otro, y éste, a su vez, un tercero, como en el juego de las muñecas rusas o las cajas chinas a las que ya estaba habituado, aunque en más de una ocasión, perdida la referencia, no sabía en qué memoria o en qué vida me encontraba”. 

UNA MUESTRA DE LA CONCIENCIA CONTEMPORANEA

La percepción fragmentada de la realidad que caracteriza a las sociedades contemporáneas, la mente escindida con que el hombre de hoy enfrenta el fin de siglo y de milenio, sólo pueden encontrar un destello de coherencia, una brizna de su razón de ser, en el interior del laberinto. En las distintas encrucijadas que lo componen; en los caminos imprevisibles, donde pasado y presente se reconocen y hermanan, que tienen como punto de partida cada una de las encrucijadas. Sobre ellos -y dentro de ellos- vuela el quetzal. Y, con él, una parte insobornable de nuestra mismidad.

Aunque sea algo tangencial al propio hecho literario, es imposible eludir, tras la lectura de El laberinto del Quetzal, una reflexión última: ¿hasta qué punto no estamos ante una obra que refleja el estado de conciencia del hombre contemporáneo, incluso al margen de la voluntad de la propia autora? Aunque la novela fue escrita algunos años antes de la caída del muro de Berlín, hecho que marca el derrumbamiento de los imaginarios cerrados y de buena parte de las “verdades establecidas” a lo largo del siglo, es difícil evitar, a lo largo de su lectura, la sensación de encontrarnos en ese territorio de indefinición o duda, de perplejidad, que nos lleva al refugio de la imaginario y que parece imponerse en la antesala del siglo XXI. 

“jamás saldré de ningún laberinto
estaba escrito en mi cerebro
y en vuestra mirada” 

Estos versos, entresacados del libro Praga de Manuel Vázquez Montalbán, expresan ese estado de conciencia frente al mundo. Acaso Ana María Navales lo haya intuido también y se haya visto apremiada a dar vida al quetzal e invitar al lector a participar de la magia y de la incertidumbre de su apasionante laberinto para conjurar una realidad cada vez menos explicable en términos científicos. 

1. El laberinto del Quetzal. Ana María Navales. Calima Ediciones. Palma de Mallorca, 1997.

2. El laberinto del Quetzal obtuvo el Premio de Novela Antonio Camuñas de 1984 y fue editada, en 1985, por Hiparión, Madrid.

“Los territorios de la imaginación”, fue publicado en República de las Letras, nº 57, Madrid, junio 1998, pp. 91-96.

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