viernes, 30 de enero de 2015

Una lectura del poema “Orillas del Duero”, de Antonio Machado

Por encargo de la revista Nayagua y para la sección "Mirar un poema", escribí el pasado verano este artículo sobre el poema de Campos de Castilla "Orillas del Duero". Lo reproduzco en La estantería.

El Duero a su paso por Soria
La Soria machadiana es mucho más que un paisaje o que una geografía. Es, para el autor del poema sobre el que se centra esta reflexión, la matriz de la existencia convertida en literatura y en cordialidad. Un escenario que acompañará a Machado de por vida pese a vivir en la ciudad no más de cinco años. Soria y sus campos irán con él a Baeza, y a Madrid, y a París, y a Segovia. La recordará desde el tren (“Otro viaje de ayer / por la tierra castellana —¡pinos del amanecer / entre Almazán y Quintana!—“), se  colará en los versos de Campos de Castilla escritos en Baeza (el libro lo terminó en 1917 y dejó Soria en 1912), y estará presente en poemas escritos muchos años después. incluso en plena Guerra Civil. Respiraremos, también, el aire soriano en los versos que dedica a Azorín, a José María Palacio, al maestro Unamuno…. En los años veinte y treinta, aunque el poeta está muy lejos de la ciudad de su primer instituto, la huella soriana volverá en sus “Canciones de las tierras altas” (“Ya habrá cigüeña al sol / mirando la tarde roja / entre Moncayo y Urbión”), en las “Canciones del Alto Duero” y en “Los sueños dialogados”: “Mi corazón está donde ha nacido, / no a la vida, al amor, cerca del Duero… / …¡El muro blanco y el ciprés erguido!”.

Uno de los poemas más apegados a esa  memoria soriana es el conocido “Orillas del Duero”, un poema que forma parte del libro Campos de Castilla y en el que se concentran las cualidades y pulsiones que caracterizan la lírica de Antonio Machado a lo largo de toda su trayectoria. La temporalidad de la “palabra en el tiempo”, la subjetividad radical de la emoción más íntima (la “honda palpitación del espíritu”) y el alto valor que otorga al lenguaje poético, a la palabra y a su sentido más allá de lo visible. Palabra, tiempo, emoción, tales serían, en consecuencia, los conceptos  que resumen el significado profundo de su poética. 

Si partimos del hecho de que para Machado el paisaje, especialmente el que conforman Soria y sus alrededores,  juega el esencial papel de protagonista, casi de personaje central más que de telón de fondo, hemos de deducir que “A orillas del Duero”, ese “personaje” se concentra en el río (con todo su poder metafórico en el sentido heraclitiano) y en los escenarios que se levantan a su alrededor.

María Zambrano, que escribió páginas memorables sobre la poesía machadiana añadió un matiz que no podemos eludir al adentrarnos en “A orillas del Duero”. “Diríamos que hay en Machado como un anverso de luz, durante la claridad de la conciencia poética, y un reverso de sombras, de formas y de figuras, en la visión habitual de la conciencia en vigilia”[1]. Esa alternancia, que a veces es hibridación, mixtura, entre luz y oscruridad, tiene un complemento que es consustancial a la respiración lírica de toda la obra machadiana: la humanización de las cosas, la atribución de cualidades humanas al paisaje, la personificación. Los campos, las ciudades, los caminos, las piedras, los árboles incorporan la honda palpitación del espíritu a la que aludiera Antonio Machado en su prólogo al libro Soledades  gracias al uso de la palabra, a su capacidad de trascendencia y de aportarle significados inéditos, a la inteligente y originalísima adjetivación.

El poema comienza con la luz. Con una celebración de la primavera en tierras sorianas. Una primavera alejada de la exuberancia, ceñida a la modestia de una tierra discreta incluso en su belleza: es la primavera “humilde como el sueño de un bendito”,  de un “pobre caminante”. Incluso el campo amarillento de flores es “como tosco sayal de campesina”. Una primavera en cuya menesterosidad alienta, sin embargo, un futuro necesario, imprescindible que no es otro que el que se apunta en el despertar de la naturaleza, en especial de los campos cultivados que pueden vislumbrarse más allá de las rocas estériles: “¡Aquellos diminutos pegujales / de tierra dura y fría, / donde apuntan centenos y trigales / que el pan moreno nos darán un día!”. Esa luz se intensifica gracias a un lenguaje en el que la austeridad no está reñida con la precisión descriptiva de algunos de los términos utilizados: serrijones, malezas, jarales, zarzas, cambrones. A medida que avanzamos por el poema, la palabra despierta en el lector un universo de capacidades evocativas: olores, murmullos, recuerdos de viajes, visiones de paso. Poco a poco la visión celebratoria, casi optimista, se va impregnando de tristeza: la tierra es “ingrata”, la oveja merina es “escuálida”, a los centenos y trigales suceden “roca y roca, pedregales / desnudos y pelados serrijones”.

Y no tarda en derivar hacia la sombra. Mientras que la luz procede de la contemplación íntima participada, compartida con el lector, la sombra tiene raíces históricas. En el canto al Duero asoma Soria y, más allá, acaba asomando Castilla (una suerte de representación de España, no olvidemos que la preocupación noventayochista impregna la obra machadiana). Si la Soria primaveral está cargada de valores optimistas, de cierta íntima evocación más allá del triunfo de la naturaleza (“allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba”, afirma en el prólogo a Campos de Castilla), las apelaciones a Castilla están tamizadas por la Historia, por la temporalidad marcada por la realidad social, incluso política, de ese territorio al que los sectores conservadores siempre han vinculado a un pasado imperial, a una mítica “patria originaria”, sólo existentes en su imaginación y al que Machado dota de una negatividad relacionada con la labor del hombre y, sobre todo, del poder: sus ciudades son “decrépitas”, la tierra es “adusta”, una “agria melancolía” puebla sus “sombrías soledades”.  Esa valoración, terrible, de una negatividad dura  (en la que sin embargo alienta, de manera sutil, la empatía), se intensifica en extremo casi en el ecuador del poema:
“¡Castilla varonil, adusta tierra,
Castilla del desdén contra la suerte,
Castilla del dolor y de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!”
Tras esa terrible apelación, el poema recobra la  serenidad y el poeta desciende a los detalles de un paseo por el campo: ahora es una intimidad contemplativa, es el recogimiento frente a un paisaje que le emociona o el recuerdo de un atardecer cerca del río. Y es en ese recogimiento en el que se nos ofrece hasta el más mínimo detalle de la convivencia del sujeto poético con la naturaleza y con el camino. La luz a la que se refiriera María Zambrano vuelve a iluminar el texto: “En el cárdeno cielo violeta / alguna clara estrella fulguraba”. Una iluminación que vence, incluso, a las “sombras del aire” y que se irá proyectando, de manera gradual, en el río, que adquiere un protagonismo casi absoluto en el tramo final del poema. Así, las tres últimas estrofas son un estallido de claridad con las aguas del Duero como destino. El río vencerá a la oscuridad, perdurará por encima del tiempo histórico, seguirá llevando en sus aguas las exigencias de los más humildes y, al igual que inspira al poeta sevillano el conjunto del poema, suscitará una pregunta, inserta en él, que no carece de sentido. “¿Y el viejo romancero / fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?”.

En ese interrogante Machado deposita una confianza sin límite en la creación poética, en su prevalencia por encima de las contingencias del momento. “El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que pueden vivir después de pescados”: así lo expresó por voz de su heterónimo Juan de Mairena. O, de modo aún más directo: “La poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo”.
Esa confianza se traslada, en el poema que nos ocupa, a la corriente, a la matriz elemental y siempre en movimiento del río:
“¡Oh Duero, tu agua corre
­y correrá mientras las nieves blancas
de enero al sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
mientras tengan las sierras su turbante
de nieve y de tormenta
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!...”
El poema fue escrito hace más de un siglo. Y hoy, en la segunda década del siglo XXI, el Duero sigue ahí, al pie de la ciudad de Soria, llevando sus aguas (con Castilla en ellas) hacia la mar. Y ahí permanece, tan vivo como en la realidad, en el poema. Y permanecería aunque el río se hubiera desecado. He ahí la grandeza de la poesía.


[1] María Zambrano. El hombre y lo divino. Fonde de Cultura Económica. México, 1973


Este trabajo fue publicado en la revista Nayagua. Fundación Centro de Poesía José Hierro. Número 20. Junio de 2014 

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