jueves, 6 de julio de 2017

El latido de la tierra / Sobre "Sin ir más lejos", de Fermín Herrero

Fermín Herrero es un poeta con una dialatada trayectoria basada en el rigor y en un hondo entrañamiento con el entorno rural en que vivió la infancia.  Sin ir más lejos es su último libro publicado. Con él ha obtenido el último Premio de la Crítica de poesía en lengua castellana.


En los últimos dos años han aparecido en librerías diversos ensayos, lindantes con la narrativa, que proyectan una mirada, entre nostálgica y reivindicativa y crítica, sobre la realidad de los pueblos abandonados o semiabandonados de nuestro país. Ahí están La España vacía, de Sergio del Molino, Los últimos, de Paco Cerdá,  El viento derruido, de Alejandro López Andrada, o el ciclo de libros sobre La Alcarama de Abel Hernández. El mundo rural y su imparable declive y la muerte de un rico legado vital y cultural por ausencia de herederos (viven lejos, en un mundo tecnológico y urbano) que lo cultiven y renueven son la base sobre la que se levanta esa literatura.

​Pocos autores se han acercado a ese universo en ruinas desde la poesía. Entre ellos, Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, 1963), poeta soriano que no ha dejado de asomarse a él desde su primer libro, Echarse al monte (1997) y que con Sin ir más lejos ha obtenido el último Premio de la Crítica de poesía en castellano. Un libro que pasó casi inadvertido, que ha contado con muy pocas reseñas — lo que revela el marasmo y el despiste con que se mueven, a veces, los suplementos culturales— y que, sin embargo, es uno de los más intensos y hondos de cuantos se publicaron el pasado año. De lenguaje desnudo, preciso y radical (de raíz), de sabia comunión con las verdades ancestrales que tuvieron su papel primordial en un universo, ahora perdido, en el que tierra y hombre mantenían vínculos indisolubles y directos (“Vivo en un lugarcillo de hartos pocos / vecinos”).. Sin ir más lejos es un libro universal, válido para cualquier territorio aunque contiene lugares, nombres propios (muy pocos: Moncayo, Urbión, Las landas, también Ohio o Nebraska, o Kolymá) y contiene, sobre todo, celebración de la vida desde la conciencia de la pérdida del espacio donde esta fluye.




“Mi ser es de silencio. En la quietud
del campo, solo, donde siempre,
debajo de las peñas, mantengo
la contemplación largo rato.
Sin más allá: vivir sintiendo
que la vida te pertenece
por completo, pararte a comprender
esa simpleza, mientras te escucha,
largo rato, el silencio. Para volver
a congraciarse con el mundo”

Fermín Herrero canta a las pequeñas cosas del campo (en algunos momentos me ha recordado, lejanamente, la poesía más entrañada de Muñoz Rojas, en otros un Claudio Rodríguez contemplativo y asombrado), a los fenómenos naturales que el viajero ignora, se detiene en las huellas que cada estación del año (“Obedecer / a la tierra, asumir / los ciclos pase / lo que pase, que el tiempo / dirá”) deja en la tierra de cultivo, en el árbol, en un campo solitario y vencido, la soledad de los corrales, las losas de lavar, el río. Paisajes, micropaisajes, naturaleza, muros, pueblos abandonados y silencio grávido, sometido sólo a los ruidos que acompañan los cambios meteorológicos, el fluir del tiempo.

Sin ir más lejos es un canto a lo próximo y todavía vivo y es, también, una apelación a la memoria infantil, a las costumbres desaparecidas, a una vida que quedó enterrada con la propia niñez. Porque al igual que en la sociedad cibernética y ultraurbanizada se pierde la noticia de lo más primigenio, de los pequeños signos de vida que en el campo aún conservan su sentido más hondo, su predominio (Internet,  el mundo tecnificado, la veneración de la imagen tienen efectos desoladores sobre esa realidad), también se pierden costumbres, ritos, oficios y para dar cuenta de esas pérdidas le sirve a Herrero la sutileza afilada y cargada de emoción del poema: la pesca del cangrejo, la matanza que señalaba los inviernos, la caza de pájaros con liga, espiar los nidos son algunos de los acontecimientos que afloran en la memoria y cobran identidad, existencia, en el poema. Esa conciencia, que surge del enfrentamiento del poeta con todo lo que ya no volverá es, también, sorda protesta, crítica, una crítica que contiene, como alimento, el regreso, la devoción por la tierra que alumbró todo aquello y que ha sido abandonada por el hombre: “Se siente, ahora, seca la casa, / apenas sensitiva, con mucho / ayer. Y con penumbra”.

Fermín Herrero obtuvo con este libro un merecido premio de la Crítica. Un galardón imprevisto, contra la lógica que parece vincular ese premio con una significativa presencia previa en los suplementos literarios de los más importantes diarios. Un libro que emociona, que nos invita a mirar lo esencial de la vida y a saborear un lenguaje que, como las tierras cantadas, parece condenado, también, al abandono: “a tenazón”, “solanillo”, “cardelinas”, “primadas”, “reguero”, “adormijaba”… son algunos de los términos que Herrero recupera. Poesía en estado esencial brotando de la tierra.

También en el diario digital  Nueva Tribuna

Sn ir más lejos
Fermín Herrero
60 págs.
Hiperion. Madrid, 2016

sábado, 8 de abril de 2017

La vida en crudo | Sobre "Trabajo sucio", de Eva Vaz


Eva Vaz (Huelva, 1972) mira al mundo como a través de una lente agrietada. Se confiesa, se desnuda sin pudor y hace el poema una suerte de puente para que la geografía más íntima, a veces inconfesable, cruce hacia el dominio colectivo. Un lenguaje crudo y directo, levemente irónico, nos muestra la conciencia madura, un punto pesimista, de la vida. No hay tregua, la poesía calma aunque no cura, aplaca el dolor pero no cauteriza del todo, da cuenta de la felicidad pero también de sus rotos y debilidades (“Pero todavía puede romperse el mundo”). De Eva Vaz tenemos noticia porque ha publicado cinco libros, por su antología Frágil (2010), por su presencia en el foro crítico-poético “Voces del extremo” y por su sintonía con el aliento insumiso de ese colectivo aunque su insumisión parte de lo íntimo cotidiano y no es directamente política, tiene un poso existencialista que apunta a la individualidad y a los límites de lo cotidiano. Todo eso está en Trabajo sucio, su último poemario. Proyectado sobre la sexualidad, gozo y tormento  a la vez, acercándose a la muerte próxima (“Los amigos no mueren, / fallecen, / y sois más fieles que los amigos vivos”), derivando hacia la maternidad y hacia la memoria y atenta a aquellos gestos ajenos que no por irrelevantes, a veces invisibles, carecen de importancia (“La vida en minúsculas, / la que no se ve o se olvida”).

Los objetos cotidianos, la visita al psicólogo o al psiquiatra, la experiencia vivida en el dentista, el destello feliz de un encuentro, de una lectura, de un descubrimiento y la certeza de lo que oculta la vida más allá de esos momentos: sombra y decepción, miedo y fracaso. El origen humilde (“yo también soy hija de obrero y madre ama de casa. / Y también conozco la fauces del paro”) y las servidumbres de lo cotidiano, un escenario no siempre fácil, parecen determinar  el  tono amargo, desangelado y “sucio” aunque irresistiblemente lírico e intenso, de un libro que deja huella.  

Trabajo sucio- Eva Vaz / La Isla de Siltolá. Sevilla, 2016 / 84 pgs. 



Publicada en Babelia. El País. Sábado, 8 de abril de 2017

jueves, 9 de marzo de 2017

La luz insobornable de aquel tiempo | Sobre "Ciudades", de Antonio Jiménez Millán

Si algo han aportado algunos poetas nacidos en la década de los cincuenta del pasado siglo al imaginario lírico de nuestro país es una mirada crítica nacida de la propia experiencia de la dictadura y la búsqueda de un espacio expresivo apoyado en la dialéctica entre lo íntimo y lo colectivo. Poetas que, entre la adolescencia y la primera juventud, vivieron los últimos años del franquismo y que cruzaron la transición debatiéndose entre la pureza de los sueños acumulados y la perversión de éstos por los requerimientos de una sociedad más pragmática y cautelosa de lo que esperaban. Los binomios pasión/decepción o utopía/realidad marcaron su conciencia y se colaron, como una suerte de savia añadida, en una poesía escrita casi a pie de calle, como seña de identidad complementaria a la contestación universitaria o al inconformismo social.


Primeros libros en los años ochenta, apertura de una nueva hegemonía frente al culturalismo dominante hasta finales de la década anterior, vuelta a Machado y a las poéticas del cincuenta, renovada visión de los poetas sociales, revalorización de la experiencia, despojamiento lingüístico, tendencia a lo conversacional,… En Madrid, en Barcelona, en Granada y en otras ciudades surgían núcleos de poetas no novísimos, rehumanizadores, amantes de la palabra y de sus capacidades de revelación y, a la vez, ajenos a lo alardes vanguardistas y críticos con los sectores dominantes en una sociedad dividida en clases.

Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) fue/es uno de ellos. La primera vez que supe de su existencia como poeta fue en la sede de Endymión, no recuerdo si en la calle San Bernardo/Fuentetaja o en el sótano de Cruz Verde, a dos pasos del metro de Noviciado. El poeta que acaba de publicar la antología Ciudades terminaba ddar a la luz su segundo libro en la colección de poesía en la que, a mi vez, yo había publicado cuatro años antes mi primer poemario. En aquellos pasos iniciales de Endymión coincidimos algunos de los que entonces asomábamos al panorama literario: Adolfo García Ortega y Julio Llamazares, Álvaro Salvador, Fanny Rubio, José Carlón, Carlos Álvarez, el entonces ensayista Rogelio Blanco, abismado ya en María Zambrano … El libro de Jiménez Millán llevaba por título Poemas del desempleo y suponía un primer acercamiento a la poesía mezcla de reflexión intimista y preocupación colectiva con el telón de fondo de las secuelas de la crisis económica de los años setenta o del petróleo, todavía presente en los primeros años de nuestra democracia.

Aquellos jóvenes poetas, que miraban con veneración a quienes, según la “teoría de las generaciones” y de acuerdo con un término utilizado por Julián Marías, habían llegado ya a la edad “cesárea” y staban en su plenitud creadora como Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Claudio Rodríguez o José Agustín Goytisolo han cumplido ya los sesenta años (“Ayer cumplí sesenta años. / La muerte ronda inevitablemente / en la pantalla del televisor”. ) y han comprobado la vigencia de los presupuestos éticos y estéticos de los que partían, presupuestos que, en buena medida, alimentan a los poetas de las últimas hornadas. Es, en consecuencia, la hora del balance, de las obras completas, de las antologías referenciales. Jiménez Millán lo hace con Ciudades de la mano de un prologuista coetáneo, Luis García Montero, y lo hace prescindiendo, de manera no explicada, del ya aludido Poemas del desempleo.


Es la poesía de Jiménez Millán un camino extraño, teñido de oscuridad ambiental y sentimental y no carente de pesimismo. En todos sus títulos hay una vertiente que nos habla de ello. La niebla, las ventanas que asoman al bosque, la casa invadida  (“como una balsa a la deriva, / siempre a salvo del frío y las tormentas”), el desorden que inquieta y perturba (“la lógica siniestra del azar, / la ley del miedo”), el urbano claroscuro de la clandestinidad… En Ciudades el poeta hace un recorrido por cinco de sus libros estableciendo como frontera inicial la década de los ochenta: en 1983 publica Restos de niebla y aunque Poemas del desempleo aparece en 1985, el volumen estaba concluido (y premiado) a la altura de 1979-

La poesía de Jiménez Millán tiene una rotunda vocación urbana (Granada es personaje y telón de fondo), un vivo componente cultural, que no culturalista, y un firme anclaje en la experiencia de lo cotidiano y, como sustrato inevitable de esa experiencia, tantea de manera obstinada en la memoria. Esas”materias”, que conviven en la mayoría de sus libros (y de sus poemas) establecen una línea medular que no es otra que la meditación sobre el paso del tiempo, el poema como única vacuna contra su devastación (“¿Y fue por estas calles donde anduvo / el tiempo, el olvido?”), el barrio como lugar fundacional, como geografía íntima a la que volver entre la nostalgia y la decepción. La poesía como tiempo significante —Vázquez Montalbán dixit—  o como machadiana  palabra en el tiempo. En Ciudades hay presencias que definen el tiempo evocado: Javier Egea o Francisco Brines, Joan Margarit, Gil de Biedma Allen Ginsberg, Rafael Alberti, Pavese, el mítico Orson Welles. Y hay, como una impregnación que tamiza el conjunto de su obra pero que abastece de manera casi total su último libro, Clandestinidad (2011), conciencia crítica. Es la necesaria conciencia que marcó a toda una generación concretándose en la memoria de un tiempo en blanco y negro en el que todo estaba por construir: el miedo, el peligro, la felicidad, el erotismo incompleto y urgente, el entusiasmo también. Clandestinidad es la visita a una ciudad en la que todo fue posible (“las noches que no acababan nunca”) pero que hoy vive en el conformismo y en la aceptación decepcionada. Octubre, lluvia, los primeros fríos anunciando el invierno, la habitación y el libro, el hotel y el sexo, la soledad acompañada y la colectividad vivida con el filtro de lo radicalmente íntimo.`

Hopper, los artistas plásticos visibles en la poesía de Jiménez Millán
Jiménez Millán nos deja en Ciudades la esencia de cinco libro que han contribuido a la construcción del imaginario lírico de los últimos treinta años. Desde una opción estética que enlaza con una tradición entre realista y meditativa que si en los años noventa fue polo de un debate literario con las opciones más informalistas, hoy forma parte del paisaje poético y ha traspasado la frontera generacional para formar parte del imaginario de los poetas más jóvenes con toda naturalidad. Es, en el fondo, un forma de perduración, de vivificar una aventura estética cuya vigencia es hoy, tantos años después, una realidad  “Hay días en que vuelve a los tejados / la luz insobornable de aquel tiempo”.

El latido de la tierra / Sobre "Sin ir más lejos", de Fermín Herrero

Fermín Herrero es un poeta con una dialatada trayectoria basada en el rigor y en un hondo entrañamiento con el entorno rural en que vivió l...