jueves, 9 de marzo de 2017

La luz insobornable de aquel tiempo | Sobre "Ciudades", de Antonio Jiménez Millán

Si algo han aportado algunos poetas nacidos en la década de los cincuenta del pasado siglo al imaginario lírico de nuestro país es una mirada crítica nacida de la propia experiencia de la dictadura y la búsqueda de un espacio expresivo apoyado en la dialéctica entre lo íntimo y lo colectivo. Poetas que, entre la adolescencia y la primera juventud, vivieron los últimos años del franquismo y que cruzaron la transición debatiéndose entre la pureza de los sueños acumulados y la perversión de éstos por los requerimientos de una sociedad más pragmática y cautelosa de lo que esperaban. Los binomios pasión/decepción o utopía/realidad marcaron su conciencia y se colaron, como una suerte de savia añadida, en una poesía escrita casi a pie de calle, como seña de identidad complementaria a la contestación universitaria o al inconformismo social.


Primeros libros en los años ochenta, apertura de una nueva hegemonía frente al culturalismo dominante hasta finales de la década anterior, vuelta a Machado y a las poéticas del cincuenta, renovada visión de los poetas sociales, revalorización de la experiencia, despojamiento lingüístico, tendencia a lo conversacional,… En Madrid, en Barcelona, en Granada y en otras ciudades surgían núcleos de poetas no novísimos, rehumanizadores, amantes de la palabra y de sus capacidades de revelación y, a la vez, ajenos a lo alardes vanguardistas y críticos con los sectores dominantes en una sociedad dividida en clases.

Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) fue/es uno de ellos. La primera vez que supe de su existencia como poeta fue en la sede de Endymión, no recuerdo si en la calle San Bernardo/Fuentetaja o en el sótano de Cruz Verde, a dos pasos del metro de Noviciado. El poeta que acaba de publicar la antología Ciudades terminaba ddar a la luz su segundo libro en la colección de poesía en la que, a mi vez, yo había publicado cuatro años antes mi primer poemario. En aquellos pasos iniciales de Endymión coincidimos algunos de los que entonces asomábamos al panorama literario: Adolfo García Ortega y Julio Llamazares, Álvaro Salvador, Fanny Rubio, José Carlón, Carlos Álvarez, el entonces ensayista Rogelio Blanco, abismado ya en María Zambrano … El libro de Jiménez Millán llevaba por título Poemas del desempleo y suponía un primer acercamiento a la poesía mezcla de reflexión intimista y preocupación colectiva con el telón de fondo de las secuelas de la crisis económica de los años setenta o del petróleo, todavía presente en los primeros años de nuestra democracia.

Aquellos jóvenes poetas, que miraban con veneración a quienes, según la “teoría de las generaciones” y de acuerdo con un término utilizado por Julián Marías, habían llegado ya a la edad “cesárea” y staban en su plenitud creadora como Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Claudio Rodríguez o José Agustín Goytisolo han cumplido ya los sesenta años (“Ayer cumplí sesenta años. / La muerte ronda inevitablemente / en la pantalla del televisor”. ) y han comprobado la vigencia de los presupuestos éticos y estéticos de los que partían, presupuestos que, en buena medida, alimentan a los poetas de las últimas hornadas. Es, en consecuencia, la hora del balance, de las obras completas, de las antologías referenciales. Jiménez Millán lo hace con Ciudades de la mano de un prologuista coetáneo, Luis García Montero, y lo hace prescindiendo, de manera no explicada, del ya aludido Poemas del desempleo.


Es la poesía de Jiménez Millán un camino extraño, teñido de oscuridad ambiental y sentimental y no carente de pesimismo. En todos sus títulos hay una vertiente que nos habla de ello. La niebla, las ventanas que asoman al bosque, la casa invadida  (“como una balsa a la deriva, / siempre a salvo del frío y las tormentas”), el desorden que inquieta y perturba (“la lógica siniestra del azar, / la ley del miedo”), el urbano claroscuro de la clandestinidad… En Ciudades el poeta hace un recorrido por cinco de sus libros estableciendo como frontera inicial la década de los ochenta: en 1983 publica Restos de niebla y aunque Poemas del desempleo aparece en 1985, el volumen estaba concluido (y premiado) a la altura de 1979-

La poesía de Jiménez Millán tiene una rotunda vocación urbana (Granada es personaje y telón de fondo), un vivo componente cultural, que no culturalista, y un firme anclaje en la experiencia de lo cotidiano y, como sustrato inevitable de esa experiencia, tantea de manera obstinada en la memoria. Esas”materias”, que conviven en la mayoría de sus libros (y de sus poemas) establecen una línea medular que no es otra que la meditación sobre el paso del tiempo, el poema como única vacuna contra su devastación (“¿Y fue por estas calles donde anduvo / el tiempo, el olvido?”), el barrio como lugar fundacional, como geografía íntima a la que volver entre la nostalgia y la decepción. La poesía como tiempo significante —Vázquez Montalbán dixit—  o como machadiana  palabra en el tiempo. En Ciudades hay presencias que definen el tiempo evocado: Javier Egea o Francisco Brines, Joan Margarit, Gil de Biedma Allen Ginsberg, Rafael Alberti, Pavese, el mítico Orson Welles. Y hay, como una impregnación que tamiza el conjunto de su obra pero que abastece de manera casi total su último libro, Clandestinidad (2011), conciencia crítica. Es la necesaria conciencia que marcó a toda una generación concretándose en la memoria de un tiempo en blanco y negro en el que todo estaba por construir: el miedo, el peligro, la felicidad, el erotismo incompleto y urgente, el entusiasmo también. Clandestinidad es la visita a una ciudad en la que todo fue posible (“las noches que no acababan nunca”) pero que hoy vive en el conformismo y en la aceptación decepcionada. Octubre, lluvia, los primeros fríos anunciando el invierno, la habitación y el libro, el hotel y el sexo, la soledad acompañada y la colectividad vivida con el filtro de lo radicalmente íntimo.`

Hopper, los artistas plásticos visibles en la poesía de Jiménez Millán
Jiménez Millán nos deja en Ciudades la esencia de cinco libro que han contribuido a la construcción del imaginario lírico de los últimos treinta años. Desde una opción estética que enlaza con una tradición entre realista y meditativa que si en los años noventa fue polo de un debate literario con las opciones más informalistas, hoy forma parte del paisaje poético y ha traspasado la frontera generacional para formar parte del imaginario de los poetas más jóvenes con toda naturalidad. Es, en el fondo, un forma de perduración, de vivificar una aventura estética cuya vigencia es hoy, tantos años después, una realidad  “Hay días en que vuelve a los tejados / la luz insobornable de aquel tiempo”.

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